17 de octubre de 2022

Serán felices, comerán perdices y engordarán una media de cuatro kilos

KARELIA VÁZQUEZ
EL PAÍS

Vivir en pareja da muchas alegrías. Bien lo sabe Lucía B.M. que define su estado civil como de “feliz arrejuntamiento”. Lleva una vida plácida, sale algún día del fin de semana, celebra más cenas en casa y come el doble de sushi que cuando era soltera. No se queja, pero espera el momento óptimo para empezar una dieta o al menos recuperar algunos de sus hábitos de soltera. Ha ganado algunos kilos, y subido un par de tallas, pero ella prefiere no ponerle cifra en una báscula. Su pareja, Antonio, cree que está igual que siempre. “Yo no engordo”, zanja.

Si las cosas van bien, la vida en pareja es como una pizza: engorda, no importa a la hora que te la comas. Algunos estudios indican incluso que a mayor felicidad más ganancia de peso. Si las cosas se tuercen, parece que podríamos perder esos kilos de más ante la expectativa de volver al mercado.

Los expertos avisan de que estudiar la ganancia de peso en una pareja es un tema particularmente difícil. Por una parte, suele haber datos insuficientes sobre la ingesta de la pareja, en los ensayos solo suele participar uno de sus miembros que da estimaciones más o menos inexactas de cuánto come o pesa el otro. Tampoco es fácil para los investigadores recolectar datos de los hábitos que cada uno tenía antes de la relación. Por último, con la convivencia suelen llegar otros acontecimientos vitales como un cambio de barrio, un nuevo trabajo, otros amigos o una vida más sedentaria. Difícil calcular cuál de todos ellos puede ser determinante en el aumento de peso.

El primer estudio que asoció la vida en pareja con la ganancia de peso se publicó en la revista Obesity en 2012. Según sus resultados, mientras más tiempo pasaba una mujer en una relación estable, más kilos ganaba. Para los hombres, este riesgo se disparaba en los primeros dos años de convivencia, y luego se estabilizaba, pero ellas a los pocos años de haber iniciado la convivencia en pareja ya duplicaban el riesgo de obesidad respecto a las que seguían solteras o saliendo con alguien pero sin convivir.

La endocrina Ana de Hollanda, coordinadora del área de Obesidad de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición (GOSEEN), opina sobre aquel trabajo: “El estudio evidenciaba que las parejas sentimentales que empezaban una relación tenían tendencia al aumento de peso, sobre todo si la convivencia perduraba más de un año. Es probable que una situación más estable facilite el aumento de peso, al no estar en búsqueda de pareja. Probablemente, el aumento de responsabilidad en los compromisos maritales ligados con un aumento de la carga de trabajo, el sedentarismo y el estrés también puedan explicar estos cambios en el peso”.

Para los autores del ensayo fue imposible señalar un solo culpable. En su lugar, indicaron una serie de cambios vitales: agendas y logística más complicada que hacía imposible dedicar tiempo al deporte o a un estilo de vida más activo, más salidas a comer a restaurantes con amigos y más tiempo en el sofá viendo televisión. Por encima de todos estos factores sobrevuela una característica de los humanos: comer con buena compañía nos pone eufóricos, por eso si estamos con alguien que come más que nosotros, probablemente nos sirvamos raciones más grandes que cuando estamos solos.

“Las parejas piden más delivery para comer en casa”, confirma la nutricionista Azahara Nieto, experta en trastornos del comportamiento alimentario y obesidad. “Y se suelen pedir cosas que no se cocinan en casa: pizza, hamburguesas, comida china, sushi… todo hipercalórico”, explica.

“Dime con quien vives y te diré cómo comes”, resume Pablo Zumaquero, dietista-nutricionista que acaba de publicar el libro El lunes ya empiezo la dieta (Planeta, 2022). “La comida basura es más placentera y si en la pareja hay uno que quiere cuidarse y el otro no, lo más habitual es que ganen los malos hábitos. Por otra parte, cuando la gente se va a vivir junta disminuye la preocupación estética. Ya está todo el pescado vendido”, resume. Para el experto, el descontrol empieza por el picoteo: “Sacar un vino con unas patatas fritas de aperitivo o ver una película de Netflix con un helado y unas galletas”.

En 2016, otro ensayo demostró que mientras más feliz era una pareja, más engordaba. Los que estaban a disgusto o a punto de salir de una relación empezaban a luchar contra el sobrepeso, incluso antes de pronunciar el clásico “tenemos que hablar”. La investigación afirmaba que las parejas que habían superado los cuatro años de convivencia doblaban el riesgo de sobrepeso respecto a las que no se mostraban muy a gusto con su relación. A lo largo de cuatro años, los felices habían engordado una media de cuatro kilos. “Es un indicador de que la gente está cómoda y prioriza el bienestar a cuestiones estéticas y físicas. Los menos felices ya están motivados para salir al mercado, y desean atraer a una potencial nueva pareja, así que invierten otra vez en gimnasio y cuidan más su dieta”, explica Sarah A. Novak, profesora de Psicología de la Universidad Hofstra, y una de las coautoras del estudio.

El “boicoteador” de la pareja

En las parejas es habitual que haya un boicoteador. Así llaman los nutricionistas entrevistados para este reportaje al que va al supermercado y compra todo lo que el otro no quiere comer, o al que insiste en que se hagan dos comidas porque no le gustan las verduras. “En mi experiencia los boicoteadores suelen ser los hombres, las mujeres son más empáticas y facilitadoras, y están más acostumbradas a cuidar su alimentación; a ellos les cuesta más adaptarse”, dice Azahara Nieto.

En su consulta, Pablo Zumaquero ve repetirse un patrón: hombres que comen mal y son activos y mujeres que comen mejor pero son sedentarias: “Ellas están acostumbradas a cerrar la boca, a estar siempre a dieta, los hombres creen que mientras vayan al gimnasio no hay problema”. Zumaquero tiene la costumbre de empezar sus consultas con una pregunta: ¿Qué opina tu pareja de que vengas aquí? “Sí, porque los cambios tenemos que acordarlos entre los tres, ellos y yo, y tengo que saber si piso un terreno hostil. Es muy complicado que una pareja se ponga a dieta”, asegura el nutricionista, que prefiere no recomendar cambios muy radicales para evitar el rechazo.

Ana de Hollanda, endocrinóloga y nutricionista del Hospital Clínic de Barcelona, afirma que cuando en una familia uno se pone a dieta y pierde peso, hay un “contagio” al resto que no estaba sujeto a ningún régimen para adelgazar. “Existen datos españoles que lo demuestran. Si tenemos amigos que hacen deporte o son obesos, es más probable que también hagamos deporte o seamos obesos. Por eso, las intervenciones a todo el grupo familiar pueden tener un alcance mayor que las individuales”, señala.

“Se contagia lo bueno y lo malo, y los hábitos se reeducan”, resume Nieto y avisa de que nada se conseguirá si los cambios de estilo de vida no se mantienen por más de seis meses o un año. Otro asunto es si las parejas felices quieren dejar de serlo por perder unos kilos.

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