agosto 7, 2020

James Joyce y la física de partículas

Montero Glez
El País

Todo empezó cuando el siglo XIX llegaba a su fin. En la frontera de la nueva centuria, una teoría del campo científico iba a abrir el camino a los universos alternativos de la vanguardia literaria.

Fue el físico alemán Max Planck (1858 -1947) quien planteó que la radiación electromagnética no se desplaza de manera continua, sino concentrada en paquetes discretos de energía denominados “cuantos”. Según Planck, en el submundo cuántico, cuando dos electrones chocan y se repelen no es por causa de la curvatura del espacio, sino porque intercambian un paquete de energía. Con tal planteamiento, Max Planck fundó lo que se conoce como teoría cuántica; una teoría atomista que sería desarrollada a lo largo del primer tercio del siglo XX por personalidades como Niels Bohr o su aventajado discípulo Werner Heisenberg, quien introdujo lo que se conoce como principio de incertidumbre o relación de indeterminación de Heisenberg, y que viene a descubrir que, en física de partículas, coexisten posibilidades en apariencia divergentes.

Tal es así que dos resultados contrapuestos no tienen por qué invalidarse. Ya no hay resta, es decir, ya no hay esto o lo otro, sino esto y lo otro. A partir de la teoría cuántica, el conocimiento se entrega al azar y a la incertidumbre para seguir sumando. Dicho a la manera científica, el enunciado de Heisenberg plantea que nunca podemos conocer simultáneamente la velocidad y la posición de una partícula subatómica. De esta manera, la imagen newtoniana del universo como un reloj quedaría reemplazada por el movimiento impredecible de las partículas del universo no sujetas a cálculo alguno, en todo caso sujetas a la incertidumbre y el azar. Tanto el pronóstico como la predicción de la matemática newtoniana quedarían atrás. Ambos términos serán reemplazados por una teoría de base y finalidad científica, pero con un desarrollo que no deja de ser literario desde el momento en el que un electrón puede estar en dos lugares al mismo tiempo.

Por ello, los trabajos de Planck, Bohr o Heisenberg tuvieron un largo alcance. Más allá de la ciencia, sus teorías llegaron a traspasar las fronteras científicas para instalarse en el imaginario de los literatos del primer tercio del siglo XX.

Tal vez, el caso de Joyce sea el más apropiado a la hora de servirnos de ejemplo para ilustrar la teoría cuántica. En su Ulysses, el autor irlandés nos presenta a un héroe moderno, despojado de la totalidad de los atributos épicos e incapaz de explicar los acontecimientos desde un solo punto de vista, desde una sola voz narrativa. Desde este momento, los puntos de vista cambiantes van a dar lugar a múltiples voces posibles, intercambiando cantidades de acción en una realidad discontinua que se alimenta de la ficción, al contrario de la mecánica que movía la novela decimonónica donde era la ficción la que se nutría de realidad.

El experimentalismo de Joyce en su Ulysses se anticipó por unos años a la relación de indeterminación de Heisenberg, intuyéndola, rozando con sus vivencias la incertidumbre hasta incorporarla a la odisea del protagonista -Leopold Bloom- a través del tejido del espacio-tiempo, un marco narrativo donde dos sucesos aparentemente divergentes se pueden dar a la vez.

El físico James Hopwood Jeans (1877-1946) lo explicó de una manera muy literaria cuando afirmó que resulta absurdo discutir cuánto sitio ocupa un electrón, tan absurdo como ponerse a discutir acerca de cuánto espacio ocupa un miedo, una ansiedad o una incertidumbre. Porque las sensaciones no tienen medida en el espacio.

Tan solo pueden ser expresadas en un espacio finito. De ahí que la física cuántica sea una metáfora de la naturaleza, una figura literaria donde la ciencia se identifica con la literatura.

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