7 de agosto de 2020

Protección o explotación como estrategias frente a los incendios

Agathe Cortés
El País

Hay unanimidad al decir que la desecación de la vegetación por el cambio climático fue la principal causa de los incendios de Australia que calcinaron más de 5,8 millones de hectáreas —de las 154,5 millones que hay en total— entre septiembre de 2019 y enero de 2020. Sin embargo, una polémica sigue latente en el seno de la comunidad científica y surgió de nuevo a raíz de esta catástrofe natural que sumergió a un país bajo nubes de cenizas. ¿Qué factor empeora los incendios en el mundo: el exceso de protección o la explotación forestal? Un artículo publicado en Nature Ecology and Evolution, centrado en Australia, opta por la segunda opción, mientras que otros expertos discrepan.

Para empezar, al menos el 30% del bosque abierto de eucalipto y la misma cantidad de la selva tropical han desaparecido debido a la tala y la agricultura en Australia, según cuenta el trabajo. Por otro lado, los autores recuerdan que, entre 1996 y 2018, 161 millones de metros cúbicos de bosque nativo han sido cortados por la industria forestal australiana, afectando la biodiversidad. James Watson, uno de los autores del artículo e investigador en la Universidad de Queensland (Australia), asegura que, aunque la explotación forestal ha disminuido en los últimos años, sigue siendo un grave problema para la seguridad. “La evidencia muestra claramente que tenemos que proteger nuestros bosques. Estamos perdiendo mucho, el nivel de degradación es demasiado alto”, alerta. “Es muy difícil encontrar un lugar en Victoria que no haya sido dañado ya”, añade.

Tres elementos parecen justificar la dimensión que tomaron los incendios. El primero es la cercanía entre las zonas de talado y los bosques naturales. Según el artículo, en las Tierras Altas Centrales de Victoria, la distancia promedio es de solo 71 metros cuando, en áreas protegidas con el mismo tipo de vegetación, se habla de unos 1.700 metros.

Luego, la culpa recae sobre los restos forestales, productos de dicha explotación, que alcanzan hasta las 450 toneladas por hectárea. Esta adición de combustible cerca del nivel del suelo aumenta, según cuenta el artículo, la gravedad de los incendios. Y, finalmente, el cambio de la estructura y la composición del paisaje aumentan la vulnerabilidad frente a la rápida propagación del fuego. “Todos estos factores calientan los bosques. Al cortar los árboles, se seca el paisaje y pierde su humedad natural”, insiste Watson. “Es cierto que dejar los bosques tranquilos acumula vegetación, pero se mantiene la humedad y hay menos riesgo de que el fuego se intensifique”, concluye. “Sin embargo, si unes el cambio climático con la sequía provocada por la tala o la quema, es una catástrofe asegurada”, remata.

Pero estos datos no convencen a todos los expertos. A Eduardo Rojas Briale, decano del Colegio de Ingenieros de Montes y antiguo director del departamento forestal de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés), le “chocó” el contenido del estudio, ya que toda la información que había llegado hasta ahora de Australia, iba en la dirección opuesta. Además, el experto mantiene que “es imposible que nadie deje tantos restos forestales” a la hora de tratar un bosque. Por otra parte, la cantidad mencionada por el estudio de 161 millones de metros cúbicos suprimidos por la explotación, no le parece mucho. “Es la mitad de lo que cortamos en España. Por hectáreas no es nada”, compara.

La lupa de Rojas como la de Francisco Castañares, presidente de la Asociación Extremeña de Empresas Forestales y del Medio Ambiente, se enfocan más bien sobre la política australiana de abandono de los bosques. “Es una evidencia muy clara: llegan los europeos y aportan un sistema distinto de uso del territorio. Pero interrumpir el modelo de los aborígenes, fue un gran error. Hay que recuperar ese conocimiento tradicional adaptado al territorio. Si no cortamos para regenerar los bosques, colapsarán y será un desastre para nuestros hijos y nietos”, advierte Rojas.

Castañares detalla el porqué: “Los bosques están ocupados por millones de plantas que nacen, crecen se reproducen y mueren. En ese proceso vital, el crecimiento y la reproducción, se genera un excedente de vegetación que solo tiene dos posibles destinos: su aprovechamiento energético o quemarse. Hay que tener en cuenta que la acumulación excesiva de biomasa [combustible forestal], se acaba secando por la influencia del calentamiento global y arde con facilidad”. Para prevenir los incendios forestales, según datos del experto, no hay que superar las 10 toneladas de vegetación por hectárea. “El fuego es un fenómeno natural que ayuda a regular los bosques. Los aborígenes lo han hecho durante miles de años hasta que se prohibió”, añade.

El año pasado, Jeremy Russel-Smith de la Universidad Charles Darwin (Australia) contó en una charla que el norte del continente es como “una cubierta propensa al fuego”, según anota Núria Prat-Guitart, investigadora de la Fundación Pau Costa. En esa zona muy poblada de aborígenes, se ha implementado una política de recuperación sistemática de quemas controladas para reducir las emisiones de carbono que podrían generar incendios forestales. Los resultados de la iniciativa, según Rojas, son “excelentes”.

Marc Castellnou Ribau, ingeniero de Montes e inspector del cuerpo de bomberos de la Generalitat de Catalunya, se muestra más cauteloso a la hora de designar al culpable. Según su punto de vista, en ambos casos, la gestión de los espacios forestales tiene objetivos concretos y diferentes influencias en los incendios. “Es cierto que en Australia [al igual que en España] hay muchos bosques sin tocar, pero no podemos decir si esto es bueno o es malo. Pero lo que está claro es que muchos de estos ecosistemas se han cargado de vegetación”, afirma. El experto reconoce que la explotación forestal también acumula combustible muerto.

El bosque australiano vive ahora en un clima que no le corresponde y es necesario cuidarlo con minucia, de una forma y otra. «Si está bien hecho el tratamiento de los espacios, no se acumula vegetación. Pero es cierto que si los procesos vitales del espacio se interrumpen, como por ejemplo con las quemas, se crean sistemas artificiales que arden con mucha más facilidad”, añade en línea con el discurso del investigador australiano James Watson.

Castellnou insiste en que el factor esencial sigue siendo el cambio climático. El ingeniero toma como ejemplo lo que pasó hace 10 años un día del mes de febrero llamado Black Saturday, por culpa de una ola de calor. Un total de 450.000 hectáreas fueron arrasadas por unos incendios forestales a lo largo del estado de Victoria que causaron al menos 189 muertes, 500 heridos y la destrucción de al menos 1.800 viviendas. “Tras lo sucedido en 2009 y con la temperatura en constante aumento, ya discutimos entonces que la próxima generación de incendios en Australia se iba a repetir a gran escala y así fue”, concluye.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *