28 de octubre de 2020

Contra la filosofía de Photoshop

Javier Rodriguéz Marcos
El País

Llevamos tanto tiempo confundiendo historia de la filosofía con filosofía que no hemos caído en lo raro que -con permiso de Borges- sería confundir historia de la literatura con literatura. Es decir, leer un ensayo sobre el Siglo de Oro como si estuviéramos leyendo una novela de Cervantes o un poema de Sor Juana Inés de la Cruz. Por eso se agradece que, de cuando en cuando, aparezcan libros que piensan casi desde cero sobre asuntos tan presentes en nuestras vidas que los asumimos acríticamente, como si tuvieran naturaleza pero no historia.

Uno de esos asuntos es la imagen y uno de esos libros, Ensayo sobre lo que no se ve (Abada), recién publicado por Enrique Lynch. Profesor de Estética en la Universidad de Barcelona y autor de títulos como La lección de Sheherezade (Anagrama) o In-Moral. Historia, identidad, literatura (Fondo de Cultura Económica), Lynch se pregunta a qué llamamos imagen sin darse por satisfecho con las respuestas tradicionales de su propio gremio -dedicado, afirma, a retocar tradiciones con Photoshop- ni, por supuesto, con las de los teóricos de esa disciplina que conocemos como arte (“artesanía peraltada”, lo llama él con sorna). Con sorna y con cierta melancolía, porque admite que la vida sin belleza tiene poco sentido y porque abre su libro con una rotunda cita de Oscar Wilde: “Únicamente las personas superficiales no juzgan por las apariencias. El verdadero misterio del mundo es lo visible, no lo invisible”.

Cuestionar lo que el observador cree que sabe
Como se recuerda en el capítulo dedicado a la luz y el color, Ernst Gombrich llamaba “mirar como un egipcio” a “intentar poner en la representación todo lo que el observador ya sabe acerca del objeto representado, lo que explica las extrañas posturas de los cuerpos en las pinturas murales y los papiros, con la cadera y el torso de frente y las cuatro extremidades de perfil”. Pues bien, Lynch actúa con ese afán egipcio de totalidad, pero solo para cuestionar lo que el observador -rodeado de imágenes desde que enciende el móvil por la mañana- cree que sabe.

Así, Ensayo sobre lo que no se ve transita desde las pinturas rupestres hasta el universo digital pasando por la fotografía, que “acaba con la hegemonía de la semejanza consumándola hasta sus últimas consecuencias”. Lo hace, además, dejando a su paso un puñado de paradojas impagables sobre las imágenes en general y sobre el arte contemporáneo en particular. Un ejemplo: entre un dolmen y una ready made de Duchamp no hay diferencias sustanciales (en ambos lo importante es lo que no se ve). Otro: el arte actual carece de reglas, pero se ha vuelto dependiente de la teoría (de ahí el interés de un crítico como Ángel González por aquellos que pintan “sin tener ni idea”). Y uno más: cuando la imagen deja de ser un rastro de lo sagrado suceden dos cosas: por un lado, su influencia se extiende sin límites; por otro, cuanto más profana es la representación, más se tiende a sacralizarla identificándola con eso que desde el siglo XVIII llamamos arte. Desde hace un siglo, es una redundancia exponer un urinario de oro.

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