noviembre 11, 2020

«En los cataclismos descubrimos quiénes somos»

Pierre Lemaître © samuel kirszenbaum +336 15 26 80 21 mail@samuelk.net

Álex Vicente
El País

Pierre Lemaitre (París, 69 años) vive entre la capital francesa y la ciudad provenzal de Arlés, pero hace mucho que pasa más tiempo en su residencia secundaria que en la principal. “Ahora solo vamos a París de vacaciones. El resto del tiempo estamos mejor aquí”, afirma el escritor, sentado bajo la veranda de un jardín lleno de árboles y flores, mientras su mujer, Pascaline, acerca una bandeja con café y dulces. Esta antigua bibliotecaria, reconvertida en su ayudante, fue la única que siguió creyendo en él en aquellos tiempos en que el mundo editorial insistía en castigarle con su rechazo. No hace tanto tiempo de ello. Hace solo 10 años, Lemaitre seguía siendo un desconocido profesor de francés en la banlieue parisiense que, tras recibir un sinfín de negativas del sector, no veía futuro a su auténtica vocación.

Fue la publicación de Nos vemos allá arriba, con su inesperado premio Goncourt, sus 650.000 ejemplares vendidos en Francia —sin contar los libros de bolsillo— y sus 46 traducciones alrededor del mundo, la que convirtió a este anónimo en una estrella literaria. La última entrega de su trilogía sobre el periodo de entreguerras, El espejo de nuestras penas (Salamandra), pone fin a una saga novelesca que lo ha llevado de las secuelas de la Primera Guerra Mundial al gran éxodo de 1940, cuando millones de franceses huyeron de la llegada inminente de las tropas nazis. Lemaitre hablará este miércoles a las 19.30 con una decena de libreros españoles, que lo entrevistarán en directo en el canal de YouTube de su grupo editorial.

Pregunta. El personaje de Louise, con el que empieza su relato, ya aparecía, de pasada, en Nos vemos allá arriba. ¿Lo tenía todo calculado?

Respuesta. Existen dos respuestas posibles para esa pregunta: la verdad y la mentira. A los periodistas les suelo contar la mentira, pero voy a hacer una excepción. Los autores de folletines, que escribían cada día un capítulo adicional, nunca sabían qué pasillo narrativo tendrían que tomar, por lo que tendían a dejar todas las puertas abiertas. Así es como trabajo yo. Dejé colocada a ese niña de 10 años en el primer tomo, pensando que en 1940 tendría 30 años, la edad ideal para una heroína: es un momento en que todavía pueden pasar muchas cosas en la vida de una mujer, que ya no es una adolescente pero tampoco está del todo asentada. La dejé allí pensando en recurrir a ella si era necesario, como un peón que pudiera mover después.

P. Reivindica abiertamente el folletín. No es muy frecuente entre sus compañeros de oficio.

R. El folletín me parece una forma eminentemente moderna, aunque surja en el siglo XIX. Hace 10 años me di cuenta de que las series funcionaban con el mismo esquema narrativo. En aquella época veía Los Soprano o A dos metros bajo tierra y me propuse volver a aplicar el mismo principio a la novela. Mi apuesta fue que la literatura del siglo XIX tenía virtudes modernas, y funcionó… Cuando terminé el primer volumen, entendí enseguida que iba a escribir una continuación por una sencilla razón: me lo había pasado muy bien escribiéndolo. Yo salía de la novela negra, que es un mecanismo pesado, con muchas restricciones. Con Nos vemos allá arriba sentí que tenía una libertad narrativa total. Y creo que se nota: es un libro lleno de júbilo.

P. Como en los folletines y las series de televisión, cada capítulo de su libro funciona de manera autónoma y termina con la acción suspendida.

R. Eso me permite interpelar al lector y hacer que se sienta impaciente por retomar la narración. También es una manera de recordarle que esto es un libro y no la realidad. En realidad, soy un autor bastante brechtiano: quiero que el espectador nunca se olvide de que está leyendo una novela, igual que Brecht quería que nunca se olvidase de que estaba en el teatro. Uso el mismo distanciamiento para frenar las identificaciones excesivas.

P. ¿Le molesta que sus lectores se metan demasiado en la historia?

R. No me molesta, pero sí me frustra: me hace perder el contacto con el lector. Quiero recordarle que soy yo quien escribe la historia, que soy yo el que suda escribiéndola, y que, en ese sentido, me parece injusto que se me olvide. Es una reacción puramente ególatra… [risas].

P. En este tercer libro, la picaresca está menos presente que en el primero, aunque sigue inspirando la caracterización de personajes como Désiré, Raoul o Gabriel. ¿Esa tradición le sigue inspirando?

R. Técnicamente no es un libro picaresco, porque se trata de una novela coral, aunque es cierto que algunos personajes han conservado ese aspecto. Con el tiempo, he entendido una cosa que antes me ofendía: un escritor siempre hace más o menos lo mismo. No creo que me repita, porque las historias que cuento siempre son distintas, pero todas están unidas por la misma manera de hacer, que en mi caso es bastante picaresca. Mi visión del mundo es muy cercana a la de la picaresca.

P. Su libro recuerda que, en los momentos de crisis, se revela la grandeza o la mezquindad de cada individuo…

R. Sí, en los periodos de cataclismo descubrimos la verdad sobre quiénes somos. Con este libro he querido tratar un cataclismo como el éxodo de 1940, un acontecimiento insólito, sin igual en la historia moderna de Europa; una trashumancia fulgurante en la que, en solo tres semanas, huyeron 11 o 12 millones de personas. Durante la Guerra Civil española hubo grandes movimientos de población, pero nada que ver con esto. Es un acontecimiento muy novelesco y, paradójicamente, muy poco utilizado por la literatura en mi país.

P. ¿Por qué cree que sucede eso, habiendo tantas novelas sobre la Segunda Guerra Mundial?

R. A los franceses no les gusta recordar ese periodo, porque les aporta un reflejo poco gratificante de sí mismos. El éxodo nos retrata como un país de prófugos, con un ejército en plena desbandada al cabo de dos semanas. No hay mucho de lo que enorgullecerse… Se suele preferir los relatos sobre la resistencia y la colaboración, un antagonismo necesario si uno aspira a hablar de la grandeza de la primera. En el éxodo no hay nada que salvar. Fue una debacle total y a la gente no le suele apetecer leer sobre eso.

P. Usted, en cambio, parece que disfrute oponiéndose al relato oficial.

R. Solo soy capaz de escribir sobre perdedores. A veces me digo que, en otra vida, debí de ser escocés… Aun así, una historiadora que me asesoró para escribir el libro me advirtió que no había que caer en lugares comunes y me dirigió hacia lo que sería el corazón de esta novela. El ejército fracasó, pero también hubo pequeños grupos de tipos valientes que, con un puñado de fusiles, intentaron plantar cara. Quería que mis personajes fueran las dos cosas: fugitivos, sí, pero también valientes…

P. El libro empieza con una cita de Benito Pérez Galdós: “Por donde quiera que va, el hombre siempre lleva consigo su novela”.

R. Se ajustaba bien a lo que cuento, porque durante el éxodo se cruzaron cientos de miles de novelas con las que cada individuo cargaba. Tenía apuntada esa cita en un libreta desde que leí Fortunata y Jacinta, un año antes de empezar a escribir el libro. Es injusto lo que sucede con Galdós. En mi país no se conoce a este autor colosal, cuando puede rivalizar sin problemas con la gran tradición francesa que representan Balzac, Dumas o Zola. Comparte con Balzac la visión social, aunque en el caso de Balzac el motor narrativo siempre sea el dinero. En Galdós hay otras cosas. No estoy muy lejos de pensar que Galdós es el doble de bueno que Balzac…

P. ¿Cómo explica el éxito de esta trilogía, que nadie vio venir?

R. Es verdad que, cuando se publicó en 2013, mi libro parecía un ovni. Creo que, en Francia, a partir del nouveau roman, con su búsqueda por una narración sin personajes y sin aventura, caimos en una literatura psicológica que daría origen a la autoficción, con el éxito conocido. Desde entonces, tal vez existía una demanda inconsciente de libros novelescos. Cuando llegó Nos vemos allá arriba, se acopló en esa demanda. Era un milhojas donde había aventura, reflexiones sobre el pasado y el presente, métodos cercanos al Oulipo, con todo ese sistema de citas internas… Supongo que todo el mundo encontró lo que quería. No fue una voluntad estructural, pero sucedió así.

P. Se ganó también algunos enemigos. Parte de la crítica le dio la espalda. Sobre todo, la de izquierdas, su familia política…

R. Sí, fue un poco ofensivo: me daban seis páginas en Valeurs Actuelles [semanario de extrema derecha], pero ninguna en Libération… Pero creo que eso está cambiando. Con este último libro, casi no tuve malas críticas. Tal vez algún día me dediquen cuatro líneas en Libération… Aunque ya nadie lee Libération, salvo quienes escriben en él, así que me da un poco igual.

P. ¿Cree que molestó su éxito apoteósico?

R. Puede ser. Es curioso, porque el éxito se acepta en muchos campos, pero no la literatura. Un libro que funciona se considera demagógico por definición. Emmanuel Macron ha defendido sin cesar el modelo de las start-ups, el modelo de éxito de los Jeff Bezos del mundo, pero con los libros eso no sirve… ¿Por qué la literatura sufre por el éxito, pero no la informática?

P. ¿Ha condicionado ese éxito su manera de escribir? ¿Se siente en deuda con sus lectores?

R. Nunca pienso en los lectores en plural, sino en un lector imaginario en singular. Quiero sorprender a ese lector, hacerlo reaccionar, sopesar cómo entenderá un giro narrativo… La literatura es un gran ejercicio de manipulación, sobre todo en el terreno de la novela de aventuras. En ese sentido, sí pienso mucho en el lector, pero solo desde un punto de vista técnico.

P. ¿Qué proyecto tiene ahora?

R. He empezado otra trilogía, que transcurrirá entre los años cincuenta y los setenta, los llamados treinta gloriosos, en los que se produce el gran crecimiento económico de Francia. Estará protagonizada por una familia perteneciente a esa pequeña burguesía que logró tomar el ascensor social durante esos años. Cada volumen llevará el título de uno de los personajes principales. Tal vez no lo lograré, pero me gustaría concluir tres trilogías que cubran todo el siglo XX, hasta llegar a los años noventa…

P. ¿Piensa desmitificar la imagen de los años de la posguerra, como hizo con el periodo de entreguerras?

R. Sospecho que esa desmitificación ya ha tenido lugar. Ahora ya sabemos que no fueron años gloriosos, sino una época en la que se impuso el capitalismo salvaje y se agravó la contaminación. No fueron solo los años del ascenso social y la llegada de los electrodomésticos a los hogares, sino también los del plástico y el diésel.

P. La Segunda Guerra Mundial marcó a varias generaciones, de la de sus abuelos a la suya, que nació inmediatamente después. La generación de su hija, que tiene 10 años, ¿quedará marcada por la actual crisis sanitaria?

R. Sin duda, aunque lo que vivimos no tiene nada que ver con una guerra. Los paralelismos bélicos de algunos políticos, como los que ha formulado Macron, me parecen torpes y ridículos. Pero sí, esta crisis sanitaria prefigura una serie de conflictos repetitivos y reiterativos que vivirán las próximas generaciones, a las que, por desgracia, vamos a dejar en herencia una situación cercana al cataclismo.

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