noviembre 24, 2020

El candelabro que delató dónde estaba el barrio judío arrasado

Vicente G. Olaya
El País

El municipio burgalés de Pancorbo tiene de todo: el Parque Natural del Monte de Obarenes que lo rodea, un castillo, una muralla que abrazaba casi tres hectáreas de su término, un desfiladero, un río limpio, un paisaje espectacular… Y un misterio, hasta que la Universidad del País Vasco lo ha resuelto. La cuestión que se planteaba era la siguiente: ¿cómo era posible que entre el castillo medieval de la villa y el cercano núcleo urbano se extendiese una gran zona sin una sola edificación a pesar de estar incluida dentro del área amurallada? Así que los arqueólogos decidieron investigar.

En el lugar encontraron unos inesperados fragmentos de hanukiyas, lámparas rituales de origen hebreo. Si había candelabros, había casas; si había viviendas, había calles, y tras ellas un barrio. Y es que en el gran descampado, al que los vecinos conocen como recinto de Santa Marta, se extendió entre los siglos XI y XV una importante y rica aljama. Pero sus habitantes tuvieron que huir: eran judíos. Sus casas y la sinagoga fueron expoliadas y destruidas. Solo quedó la muralla que les protegía y las pertenencias que dejaron tras su marcha.

“Lo extraordinario es que en el interior de este recinto amurallado no había nada a ras de suelo. Ni una construcción, ni siquiera el recuerdo de a que allí se hubiese erigido una iglesia dedicada a Santa Marta, de donde podría venir su nombre”, explica en el reciente informe Pancorbo. De castillo a ciudad medieval Juan Antonio Quirós, profesor de Arqueología Medieval de la Universidad del País Vasco y director de las excavaciones. “El proyecto arqueológico”, señala el experto, “fue emprendido con el fin de resolver este misterio, lo que nos ha permitido no solo recuperar importantes restos para entender el origen de la villa de Pancorbo, sino también llegar a saber por qué desapareció este barrio”.

La excavación identificó pronto bajo el subsuelo de la zona amurallada un sorprendente barrio medieval, “abandonado a finales del siglo XV y formado por numerosas casas, calles, terrazas, espacios de cultivo y otros servicios”. Se desenterró, igualmente, “una notable colección de materiales arqueológicos, que incluían basura y residuos domésticos (cerámicas, restos de comida), materiales constructivos (vigas, mampuestos, tejas, adobes), objetos descartados (metales, contenedores, restos de muebles) y muchos orgánicos (cenizas, carbones, pólenes)”, dice el informe. Todos de distintas épocas y culturas.

El nombre de Pancorbo se documenta por primera vez a finales del siglo IX. Las crónicas medievales recuerdan múltiples saqueos realizados por los ejércitos emirales, entre ellos uno que tuvo lugar en el 882 contra este castillo fronterizo. Con el paso del tiempo, “a los pies de la fortaleza fueron surgiendo construcciones en piedra, madera y adobe, y posiblemente una iglesia dedicada a Santa Marta”. No muy lejos de allí, se crearon otros pequeños núcleos a lo largo del río Oroncillo con sus propias iglesias, como la de San Juan o la de San Miguel de Foiolos, así como un mercado y servicios de acogida para los viajeros… “Hay que imaginarse, por tanto, un paisaje salpicado de pequeños núcleos funcionalmente especializados que se extendían por el fondo de un valle dominado por un castillo”, reconstruye Quirós.

En el siglo XI, el lugar se convirtió “en uno de los principales centros políticos y militares del reino, que acogía a personajes de alto nivel social. De hecho, en las excavaciones se ha desenterrado un lote de cerámica islámica “de gran calidad y prestigio” que incluye una serie de platos y fuentes esmaltadas decoradas con motivos en verde y marrón. Este tipo de cerámica es conocida como “producción Madinat al-Zahra y era la vajilla de mesa más apreciada en todo el Mediterráneo Occidental”.

“Estas cerámicas no solamente indican el alto nivel social de los habitantes del barrio de Santa Marta, sino también la vitalidad e importancia que había adquirido el mercado local y la red de comunicaciones que atravesaba el desfiladero”, asevera Quirós.

El barrio de Santa Marta estaba organizado en una serie de grandes terrazas ocupadas por viviendas conectadas por varias calles y callejuelas. Constaban de una habitación principal donde se ubicaba un hogar, y otro espacio de uso multifuncional y en ocasiones un segundo piso de carácter residencial. Pero en estas viviendas, aparentemente modestas, habitaban familias que disfrutaban de un alto nivel de vida. “El notable volumen de restos de fauna recuperados nos indica que el consumo de carne era elevado, probablemente por encima de la media”. Y es que “la presencia de mercados, comercio y artesanos atrajo a poblaciones muy heterogéneas hacia las villas, y entre ellas a los hebreos…”.

Así, el hallazgo en Santa Marta de varias hanukiyas o lámparas rituales ha permitido ubicar la judería. Estas lámparas eran empleadas durante la Janucá o la Fiesta de las Luces que conmemora la reedificación del Segundo Templo de Jerusalén y la rebelión de los macabeos contra los seléucidas. Se celebra entre finales de noviembre e inicios de diciembre. Estos candelabros tienen nueve cazoletas para el aceite y se encienden antes de que anochezca durante las jornadas que dura la festividad.

Pero si existía alguna duda sobre el carácter de los habitantes del barrio, los restos de alimentación recuperados la han disipado por completo. El Levítico establece una serie de preceptos sobre alimentos impuros y kosher o kashrut; esto es, los que pueden ser consumidos por los creyentes. Entre los prohibidos se encuentran las carnes de carnívoros, reptiles, roedores y anfibios, y entre los mamíferos solo son aceptables los que tengan pata ungulada con la pezuña hendida. “Los numerosos restos de fauna recuperados en la excavación del recinto de Santa Marta pertenecen a especies kosher (ovejas, vacas, gansos y gallinas), mientras que son muy raros los cerdos. Además, fueron sacrificados según el patrón de despiece judío de la shejitá”, explica el historiador.

Pero la creciente presión antijudía hizo que lo que antes era un lugar de privilegio terminase por convertirse en un espacio de exclusión social. Es probable que la aljama fuese atacada en 1381 durante la guerra civil que enfrentó a Pedro I y Enrique de Trastámara, y poco después debió de construirse un poderoso muro destinado a separar la judería del resto de la villa. En la noche del Viernes Santo del año 1453, la barriada fue atacada nuevamente de manera salvaje.

El 31 de marzo de 1492, los Reyes Católicos firmaron en Granada el edicto de expulsión. “Las excavaciones efectuadas en Santa Marta muestran que las viviendas de la judería fueron expoliadas. Tras su marcha, el lugar nunca volvió a ser ocupado y el recinto de Santa Marta fue abandonado”. La aljama desapareció hasta que unos arqueólogos se preguntaron por qué existía ese descampado entre el castillo y la villa de Pancorbo.

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