enero 5, 2021

¿Por qué mutan los virus?

Miguel Pita
El País

Todo aquello que depende de material genético está expuesto a mutar y muta. Tanto el SARS-CoV-2, que es un virus de ARN, como nosotros, seres humanos de ADN y ARN, cambiamos progresivamente. El ADN (al igual que el ARN) es una macromolécula formada por la unión de otras muchas moléculas más pequeñas, que colocadas en hilera generan una inmensa secuencia. El orden de colocación de las piezas en la secuencia produce un texto, similar a una palabra compuesta por millones de letras. En ese texto se recogen las instrucciones para el funcionamiento de su portador, sea una partícula viral (cada miembro del ejército del virus) o una célula de un ser humano. Llamamos una mutación a un cambio en una o más letras dentro de esa megapalabra. Ese cambio a veces modifica el sentido de un mensaje y otras veces no, de igual manera que, en un texto escrito, unas erratas dificultan el entendimiento y otras no.

El ARN del SARS-CoV-2 tiene unas 30.000 letras, y uno de los pasos fundamentales en la propagación del virus es hacer copias de esta megapalabra para cada una de sus futuras partículas virales. Para ello, una vez dentro de una célula infectada, emplea una copiadora molecular bastante precisa, pero todo tiene un límite. Cada partícula viral puede replicarse miles de veces en una célula, estas pueden infectar millones de células en un mismo individuo, y, si causa una pandemia, infectar a millones de personas simultáneamente. Resulta lógico que, con tanta actividad, se produzcan errores en el copiado del ARN, es una cuestión de probabilidad. Cuantas más copias se hacen de algo, más posibilidades existen de cometer errores. Uno puede recitar de memoria sus ocho primeros apellidos, pero si lo hace cien veces se confundirá.

La mutación, por tanto, no es un evento inesperado, el ADN y el ARN son moléculas dinámicas y lábiles que se copian frecuentemente para realizar sus funciones. Sufren cambios, mutan, como parte de su existencia orgánica. Nuestro ADN también muta, los lunares de nuestra piel o las células cancerosas proceden de esos ineludibles errores. De hecho, aunque no las denominamos mutaciones, las alteraciones progresivas en el ADN son las responsables de que nos encontremos cambiados con respecto a las fotos de hace diez años.

El ADN y el ARN sufren modificaciones sin un propósito. Podemos escuchar afirmar: “No es sorprendente que los virus muten para volverse más infecciosos”, pero debemos entender que estas modificaciones no ocurren con una finalidad. Las mutaciones tienen carácter preadaptativo, lo que significa que ocurren por azar, y después ya se verá qué pasa. Si las novedades hacen mejor superviviente al portador y facilitan que este se reproduzca, tenderán a propagarse, y si suponen un lastre, a desaparecer. Por ello, que los cambios sean al azar no contradice la idea de que frecuentemente aparezcan variantes víricas más infecciosas. El ARN de los virus sufre mutaciones y algunas producen partículas virales más contagiosas y otras menos.

Por pura competencia, las más transmisibles suelen comerles el terreno a las menos. Por decirlo de una manera gráfica, si una partícula viral ha puesto su toalla para ocupar un sitio en una playa ya no cabe otra, o al menos lo tiene más difícil. De esta forma se puede entender que los virus no mutan para ser más infecciosos, más bien los virus mutan, y, si producen variantes más infecciosas, solemos darnos cuenta de su presencia porque resultan más exitosas. Siendo así, para analizar la importancia de una mutación, en primer lugar, hay que tener claro si tiene efecto o no. Por ejemplo, cambiar la palabra “coche” por “automóvil” en una frase podría considerarse un cambio sin efecto. Una mutación equivalente no supondría ni un lastre ni un beneficio para el virus.

Recientemente se ha descrito la variante VUI–202012/01 del SARS-CoV-2, que ha aumentado su presencia relativa, invitando a pensar que es más contagiosa. Todo parece indicar que las mutaciones que ha sufrido tienen un efecto patente. Uno de los cambios en su texto causa una sutil modificación en la pieza que permite a las partículas virales unirse a nuestras células, la proteína S. En las partículas virales portadoras de este nuevo texto, su novedosa proteína S es más eficiente uniéndose a nuestras células, facilitando el ingreso en ellas. Podemos imaginarla como más pegajosa, por eso es más contagiosa: en su circulación por nuestros conductos respiratorios enseguida se adhiere a alguna de nuestras células para comenzar la infección.

Hasta ahora no podemos asegurar que las mutaciones de esta variante tengan otros efectos, pero podemos plantear un posible desenlace lógico: si se demuestra que realmente es una cepa más contagiosa, seguirá comiendo terreno a otras y aumentará su presencia, y potencialmente el número de individuos infectados. Afortunadamente, la capacidad de contagio no lleva asociada una mayor agresividad. De hecho, cuando surge una variante muy agresiva tiende a disminuir su capacidad de contagio, porque si postra radicalmente en cama a los infectados, estos no pueden llevar un ritmo de vida que les permita estar rodeados de personas a las que contaminar. Efectivamente, la agresividad y la capacidad de contagio muchas veces se equilibran, pero todavía no sabemos si es el caso de esta variante. De hecho, los resultados preliminares no muestran diferencias significativas en su agresividad. Por supuesto la acumulación progresiva de mutaciones también puede hacer a un virus irreconocible comparado con sus antecesores, tan cambiado como nosotros comparados con cuando teníamos cinco años.

El SARS-CoV-2 no es un virus especialmente cambiante, otros, como el virus de la gripe, mutan muy rápido y cada año resultan ser un enemigo novedoso. De nuevo afortunadamente, ninguna de las variantes que han ido apareciendo del SARS-CoV-2 parece haber sufrido una reforma de gran calado en su ARN. Pero en un momento de gran expansión del virus, como el actual, aumentan las posibilidades de que sigan apareciendo mutaciones. En resumen, del SARS-CoV-2 podemos decir que es un virus muy contagioso y, hasta la fecha, aparentemente poco mutante. Sin embargo, el elevado número de casos es el mejor aliado de los futuros cambios, y la mejor forma de combatirlos es rebajando su tasa de copias. De momento no es fácil evitar que, si infecta nuestras células, se copie miles de veces y pueda mutar. Pero sí podemos evitar con nuestro comportamiento que crezca el número de individuos infectados, así seguro que cambiará menos.

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