enero 8, 2021

Cuando la ciencia se fue de feria

Montero Glez
El País

William Lindsay Gresham fue un escritor de culto; uno de esos autores que deben su éxito al prestigio de su fracaso. Arruinado y enfermo, acabó con su vida a los 53 años en la habitación de un hotel neoyorquino. Su novela El callejón de las almas perdidas (Sajalín), publicada a mediados de los años cuarenta, fue llevada al cine por Edmund Goulding y contó con la participación de Tyrone Power en el papel de protagonista. Este año se espera el remake de Guillermo del Toro.

Se trata de una historia macabra, envuelta en la crueldad de una de las muchas ferias de monstruos ambulantes que se hicieron populares en Norteamérica durante la primera mitad del siglo pasado. Un espectáculo atroz donde las deformaciones biológicas quedaban expuestas a la vista de un público morboso.

Esto viene al hilo porque, dentro del parque de atracciones Luna Park, de Coney Island, hubo una vez una atracción que incluía una muestra de bebés prematuros. Dicho así, puede resultar espeluznante. Pero si tomamos en cuenta la razón científica que justificaba la exposición, todo lo que tuvo de siniestro pasa a un segundo plano.

El resultado fue esperanzador gracias al trabajo del doctor Martin A. Couney, un médico polaco sin título que se dedicó a salvar las vidas de los bebés prematuros que llegaban hasta sus incubadoras; unas máquinas muy rudimentarias comparadas con las actuales, a las que Couney llamaba tostadoras de cacahuetes por su parecido con los aparatos que se utilizaban para hacer el tueste de dicha legumbre.

Hay que ponerse en la época. A principios del siglo pasado, en los hospitales estadounidenses las instalaciones para los bebés prematuros eran escasas. Tanto fue así que la mayor parte de los partos prematuros tenían un efecto mortal sobre las criaturas recién nacidas. Ante este contratiempo, muchos de los padres encontraron en la feria de Coney Island un milagro, pues, aunque sus bebés quedaban expuestos como atracción dentro de las incubadoras, lograban salvar sus vidas. Nacer antes de tiempo ya no era tragedia.

Otro detalle a tener en cuenta era que el doctor Martin Couney no les cobraba por ello. La atracción se anunciaba con un precio de 25 centavos; dinero que la gente pagaba con gusto. Desde 1903, y durante cuarenta largos años, esta feria de muestras frikis fue la única esperanza para salvar las vidas de los bebés prematuros.

Parece ser que Martin A. Couney descubrió la incubadora en la exposición universal de Berlín de 1896. Poco después, emigró a los Estados Unidos donde pondría en práctica su atracción, anunciada con un cartel donde había escrito: “Todo el mundo ama a los bebés”. Para reforzar la propaganda, contrató a un hombre bien parecido llamado Archibald Leach que servía de gancho voceando la consigna: “No pase de largo a los bebés, no se los pierda”. Con el tiempo, Archibald Leach cambiaría el nombre por el de Cary Grant.

Toda una historia para ser llevada al cine; una película potencial que sirve como ejemplo a la hora de confirmar cómo el entorno es una de las partes esenciales de los seres vivos. Por ello, los seres nacidos antes de tiempo pierden su relación con el entorno desde el momento mismo en que salen de la placenta. Es aquí donde entra en juego la ciencia, en este caso con un adelanto científico como fue la incubadora, sumado a las artes de un charlatán de feria que, sin ser doctor, se dedicó a salvar vidas aprovechándose de la morbosidad del público.

Martin A. Couney, el Doctor Incubadora, murió en 1950 a los ochenta años, arruinado y olvidado, de la misma manera que acabó William Lindsay Gresham. Pero al revés que el escritor, el doctor Couney le debió su fracaso al prestigio de su éxito. En vista de que las tostadoras de cacahuetes funcionaban, todos los hospitales montaron salas de incubadoras. Con ello, tras la Segunda Guerra Mundial, la feria de los bebés prematuros dejó de existir.

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