marzo 25, 2021

La invasión de los mutantes

Javier Sampedro
El País

La ciencia ficción de serie b de mediados del siglo pasado popularizó el término mutante, pero seguramente no su significado biológico. Por ejemplo, un personaje decía “¡Vienen los mutantes, vienen los mutantes!”, y allí empezaban a aparecer una serie de tipos de mirada torva, fornido torso e indefectiblemente calvos montando una bulla de las buenas. De ahí viene su mala prensa, pero no olvidemos que los mutantes son también el fundamento de la evolución. Cuando el genoma no cambia, una especie se puede tirar 10 millones de años imperturbable como una de esas películas francesas en las que se ve crecer la hierba, que dijo Woody Allen. Cuando el entorno aprieta, sin embargo, son los mutantes los que salvan a la especie. Si les va bien, se convierten en la variedad dominante y desplazan a los anteriores. Es lo que estamos viendo en Europa con la variante británica del coronavirus.

Una mutación no es más que un cambio en la secuencia genética (gatacca pasa a gacacca, por ejemplo). Un solo cambio en un texto de 3.000 millones de letras, en el caso del genoma humano. La primera mutación descubierta en un laboratorio fue white, que convertía en blancos los ojos normalmente rojos de la mosca Drosophila melanogaster, esa que suele colarse en tu botella de vinagre y merodear por las fruterías. La leyenda de la genética sostiene que Thomas Hunt Morgan y sus estudiantes tuvieron que perseguirla por todo su laboratorio de la Universidad de Columbia, Nueva York, hasta lograr capturarla en un vial y dejarla reproducirse. En un mundo en que los pájaros que las depredan solo vieran el color rojo, los mutantes white habrían prosperado. En nuestro mundo, siguen siendo una rareza, aunque muy útil en los laboratorios.

Desde el punto de vista del SARS-CoV-2, los mutantes emergentes son un progreso. La variante británica se propaga mejor que la estándar, y la sudafricana puede reducir el reconocimiento por nuestro sistema inmune, dos cualidades que les otorgan una evidente ventaja evolutiva. Las variantes son gran parte de la razón de que el Reino Unido y Alemania estén adoptando medidas estrictas para Semana Santa, porque todo apunta a que empujarán hacia arriba una cuarta ola en Europa. Pero hoy tocan buenas noticias.

Una versión adaptada contra la variante sudafricana de la vacuna de Moderna (una de las basadas en la rompedora tecnología del ARN mensajero, o mRNA, que es muy rápida) ha entrado en ensayos clínicos este mes. Si lo ha hecho es porque ciertos resultados anteriores inducen al optimismo. Indican que la gente infectada con la variante sudafricana (B.1.351) desarrolla una buena respuesta inmune contra otras variantes. La vacuna modificada, que sustituye la versión estándar del gen viral clave por la deB.1.351, busca ahora las pruebas clínicas de que también ella funciona contra esa y otras variantes. Si los indicios se confirman, la ansiedad sobre las nuevas variantes se calmará, pero dependeremos aún más de la velocidad de crucero de las campañas de vacunación. Tratemos de eso antes que del calendario de desescalada.

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