abril 7, 2021

Expresiones del español que dan lugar a malentendidos

Manuel Morales
El País

A un español no le debe extrañar que un mexicano de Monterrey le proponga, como muestra de amistad, salir a chupar unas pollas. Ni tampoco hay que arrugar el entrecejo por que en Perú se diga que alguien perdió la virginidad con una polilla (prostituta). Son dos de los ejemplos por los que la lengua española es, en su unidad, tan rica y diversa según el país que se pise. De ello se ocupa el libro Lo uno y lo diverso, editado por el Instituto Cervantes y Espasa, presentado este martes en la sede de la institución en Madrid. En esta obra se ha invitado a 21 autores de ambos lados del Atlántico a recoger palabras y expresiones del castellano que provocan situaciones divertidas o malentendidos embarazosos por los diferentes significados en función de dónde se pronuncien. He aquí algunas.

“Chupar unas pollas por ahí”. Esto le sucedió a la escritora española Marta Sanz, que cuenta, con humor cuando, con 23 años, dio un curso en Madrid sobre creatividad literaria a un grupo de jóvenes de una universidad del norte de México. Entre caligramas y anacolutos, Sanz y sus alumnos hablaban de los mejores sitios para comer y beber en la capital. Hasta que sucedió lo que ella llama “interferencia lingüística”, cuando un joven le propuso: “Maestra, ¿quiere venirse hoy con nosotros a chupar unas pollas por ahí?”. La autora de Farándula recuerda que nunca había tenido “un grupo tan desinhibido”. A punto de perder pie y por su gesto, el alumno entendió: “Sí, a tomar unas cañas como ustedes dicen”. “Hecha la aclaración”, dice Sanz, “les aconsejé que no entraran en los bares madrileños con desparpajo anunciando que querían chupar unas pollas”.

“Bichos grandes“ que no dejan dormir. En su texto, el director del Cervantes, Luis García Montero, recuerda anécdotas que contaba el escritor Francisco Ayala, un granadino exiliado en Argentina, como cuando dijo “bicho muerto” en Puerto Rico; la primera palabra se evita porque es sinónimo de pene. Eso tampoco lo sabía una pedagoga peruana que, cuando le preguntaron si estaba a gusto en la isla, contestó que lo único que le molestaba eran “esos bichos tan grandes” que no la dejaban dormir. O el profesor argentino que hablaba a sus alumnos y citó unos versos: “Todo bicho que camina / va a parar al asador”, para risas de los jóvenes.

“Aquí cogemos todos”. García Montero menciona también la anécdota de un amigo de Ayala en Argentina, que había llevado a su suegra desde España. Cuando toda la familia tomó un tranvía atestado, ella le gritó a su hija: “¡Ven por este lado, que aquí cogemos todos!”, sin tener en cuenta que, para los viajeros del tranvía, les estaba invitando a unirse a una orgía.

“Hacer algo por las huevas”. El peruano Fernando Iwasaki enumera los muchos usos de la palabra “huevo” en su país. Cuando un trabajo resulta sencillo se dice que es bien huevo, o si se presenta difícil es que tiene huevos. El habla de Perú también le da importancia al femenino: hacer algo por las huevas es por gusto, y negarse ni de huevas a algo es que de ninguna manera se hará. Hay también lugar para sutiles diferencias: “Cuando alguien nos tiene hasta las huevas es que nos tiene hartos; pero si uno se siente hasta las huevas es que está exhausto”, escribe. No hacer huevadas es no hacer tonterías y estar en la huevada es estar en la pomada. Y si alguien está en las nubes, es que está pensando en los huevos del gallo. En conclusión, un huevo de acepciones.

“¿Le provoca un tinto?”. La novelista y académica española Carme Riera escribe sobre el desconcierto que vivió en su primera visita a Colombia, cuando la directora de la Casa de Poesía Silva le preguntó a la hora del café si le provocaba un tinto. La española desconocía ese uso coloquial del verbo y pensaba que le iban a traer un vino. Para su alivio, le sirvieron un café solo. Y a la inversa, tuvo que explicar al empleado que despachaba billetes en una estación del metro de Barcelona que la joven colombiana que le había pedido que le regalara un billete estaba dispuesta a pagarlo. Ese “regalo” es la forma educada en Colombia de pedir algo.

Avistar el horizonte “desde el carajo”. Con la argentina María Teresa Andruetto se pasa del huevo al carajo, que así se llamaba en las naves antiguas al canasto en lo alto del mástil al que subían los marineros para divisar otras naves, explica. La palabra remite al miembro viril y se recogió por primera vez en un cancionero hace más de 600 años. Un escritor uruguayo incluso le dedicó un poema, Apología y nomenclatura del carajo, aunque con el tiempo ha adquirido otros significados: puede referirse a algo que no vale nada, o al desprecio de mandar a alguien a ese sitio, o ser algo muy bueno. Hablando de miembros, que los españoles no olviden, como señala la colombiana Nancy Rozo Melo, que degustar una repolla es comerse “un pastel dulce con forma de repollo”. O que, como recuerda el subdirector de la Unidad de Edición de EL PAÍS, Álex Grijelmo, antes de que “polla” nombrase al pene, aquella era “la porción que se apuesta entre los que juegan”, por lo que en los naipes un jugador necesitaba cinco bazas para ganar, o “sacarse la polla”.

‘Compliance’, con toda solemnidad
Chévere de ida y vuelta. En la presentación del libro, Fernando Iwasaki mantuvo un diálogo con Marta Sanz. Él subrayó que “de los 7.800 millones de habitantes de la Tierra, el 5% hablamos español, y nos entendemos, lo que no les pasa a los chinos o a un alemán en Zúrich”. Con humor, lamentó que se haya implantado la palabra fake, “cuando en español tenemos hasta veinte sinónimos de mentira y anda que no hemos tenido en Latinoamérica presidentes mentirosos para que se imponga fake”. Sanz recordó cómo los culebrones venezolanos popularizaron en España la palabra chévere. ¿Un préstamo de América? Ello dio pie a Iwasaki para apuntar una teoría sobre su origen: “Procede de un asistente que vino con Carlos V a España desde Gante, el señor de Chièvres, un diplomático que vestía de colores cuando en la corte predominaba el negro. Chièvres se castellanizó por chévere y pasó a América, donde tomó el significado de algo estupendo, elegante… mientras que en España se perdió hasta que lo trajeron de vuelta los culebrones”.

Un dialecto de ladrones. Mempo Giardinelli, escritor y periodista argentino, recorre en el libro la historia del lunfardo, popular lengua dialectal de su país. “Nacido como lenguaje del hampa bonaerense”, señala, el lunfardo empezó a ser recogido desde los bares y cafés de barrios marginales por un periodista, Benigno Baldomero Lugones, nacido en 1857, con términos como ‘batir’ (delatar), ‘mina’ (mujer), ‘cana’ (policía), ‘atorrar’ (dormir)… Y siendo un idioma de ladrones, listó hasta 29 sinónimos de esa palabra. El lunfardo tomó palabras de otros idiomas, se extendió a ciudades portuarias argentinas y a otros países, una popularidad que facilitó el tango, con letras como esta: “El que roba es el que afana; el chorro, un vulgar ladrón”.

El acto lo cerró la secretaria general de la Secretaría General Iberoamericana, Rebeca Grynspan, y entre los mensajes que llegaron por vídeo, destacó el del mexicano Juan Villoro, que concluyó que, a pesar de las diferencias entre hispanohablantes, “que reivindicamos con orgullo regionalista, estamos condenados a entendernos”.

Los 21 autores que han participado en la obra, por invitación del Instituto Cervantes, son María Antonieta Andión, María Teresa Andruetto, Gioconda Belli, Gonzalo Celorio, Luis García Montero, Mempo Giardinelli, Álex Grijelmo, Carla Guelfenbein, Carlos Herrera, Fernando Iwasaki, Rolando Kattan, Sergio Ramírez, Laura Restrepo, Carme Riera, Nancy Rozo, Daniel Samper, Marta Sanz, Maia Sherwood, Pablo Simonetti, Juan José Téllez y Juan Villoro.

LENGUA MATERNA EN 21 PAÍSES

El número de personas con el español como lengua materna alcanzó los 493 millones en 2020, según los datos que adelantó el director del Cervantes, Luis García Montero, el 18 de marzo. Es la lengua materna en 21 países que ocupan 19 millones de kilómetros cuadrados y pese a lo complicado que pueda resultar entender el lunfardo bonaerense o el llanito gibraltareño, la unidad de la lengua española “está fuera de duda”, señala en el prólogo del libro Pedro Álvarez de Miranda, miembro de la Real Academia Española. El porcentaje de palabras no comunes del español es solo del 2%, según Álex Grijelmo, mientras que la directora académica del Cervantes, Carmen Pastor, subraya en otro apartado que “los medios audiovisuales, las nuevas tecnologías y la movilidad han facilitado intercambios entre los países hispanohablantes, que nos familiarizan con las diversas voces del español”.

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