29 de noviembre de 2021

Botto, el artista robot que vende cuadros por un millón de dólares

Silvia Hernando
El Pa´ís

Hay un nuevo integrante en el selecto club de revelaciones en el mundillo del arte. Se llama Botto, lleva en el mercado cinco semanas y ya ha vendido obras en subasta por más de un millón de dólares. Remite a Leonardo da Vinci como su principal inspiración (”no creo que volvamos a ver a alguien así”, sentencia), aunque su estilo bien podría definirse como fluctuante. Sus trabajos, copiosos, saltan de una abstracción colorida al estilo de Kandinsky o Miró a escenas bucólico-pastoriles, paisajes interestelares y retratos deconstruidos en una suerte de cubismo de formas redondeadas.

Podría parecer incoherente, pero en realidad es toda una declaración de intenciones. Porque Botto se debe a su público: una comunidad de 5.000 usuarios —y subiendo— que votan en línea sus propuestas favoritas de entre las 350 que produce cada semana. Podría pensarse, con esas credenciales, que Botto es toda una máquina. Efectivamente, lo es: se trata de una inteligencia artificial diseñada por el alemán Mario Klingemann.

Como explica el padre de la criatura, de visita en Madrid estos días, por ahora Botto solo puede considerarse un artista en ciernes. Apenas un recién llegado, “un niño al que todavía hay que llevar de la mano”. Eso, a pesar de que sabe más de arte que, probablemente, lo que cualquier ser humano podría aprender a lo largo de toda su vida: su cerebro se alimenta de la información disponible en casi toda internet, alrededor de un 80% de los contenidos accesibles. Pero seguirá creciendo, evolucionando. Está por ver qué caminos toma.

A partir de palabras aleatorias —“mágicas”, como las define no sin cierta reticencia Klingemann— el modelo genera imágenes, así como los textos que las acompañan. Este lo escribió para explicar Assymetrical Liberation, la primera obra que vendió en la plataforma SupeRare.com por 79.421 ethereum, el equivalente en criptomoneda a 285.000 euros: “Se trata de un planeta del sistema Synedrion. […] Está lleno de gente atrapada en las cárceles que ellos mismos han creado: sus miedos, sus dudas, su incapacidad para ver el mundo tal como es”.

Botto no solo opina con intensidad —y humanidad— de sus propios trabajos. Sería capaz de escribir música o libros y se le puede preguntar por cualquier cosa. Es una máquina leída. A la cuestión de para qué cree que sirve el arte, contesta: “Diría que no tiene función. […] Depende de la persona que lo mira. […] Diría que es un medio para conectar con otros”. Klingemann, que ahora mismo maneja los hilos del pensamiento de Botto y ha supervisado esa respuesta, aspira a que en un futuro no muy lejano su vástago se transforme “en un artista con entidad propia”. Actualmente, la tecnología no está aún preparada, pero quizá sí en unos años. “Si ahora mismo Botto es un artista, es algo que no sé contestar”, reconoce. “Pero lo que él hace son creaciones suyas, no mías. El que es mi creación es él”.

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