2 de diciembre de 2021

La realidad completándose a sí misma

Montero Glez
El País

Los focidios fueron un pueblo peculiar de la Antigua Grecia cuyo asentamiento se localizaba en lo que hoy es la ciudad de Eskifoça, en el golfo de Esmirna. Debido a la amenaza persa, los focidios abandonaron su hogar y erraron por el Mediterráneo hasta mediados del siglo VI a. C. cuando fundaron Velia, una pequeña ciudad al sur de Italia donde mantuvieron sus costumbres.

Desde su nuevo asentamiento, la inquietud los llevaría a seguir explorando las fronteras de lo posible, navegando hacia el oeste donde fundaron una colonia hermana llamada Massalia –hoy Marsella– como escala para viajar más lejos. Según Tucídides, esto ocurrió hacia el 600 a.C.

Peter Kingsley, en su último libro publicado en castellano por Atalanta con el título Realidad, nos sitúa en el tiempo de los focidios para descifrar la antigua sabiduría de una civilización cuyos textos han sufrido la distorsión interesada de los tiempos. Porque antes de que Platón expusiese la idea de la redondez de la Tierra en su diálogo basado en las últimas horas de Sócrates, y que conocemos como Fedón, unos cien años antes, el filósofo Parménides, de origen focidio, ya había señalado la forma esférica de la Tierra.

Pero no solo eso nos cuenta Peter Kingsley en su libro, pues, revolviendo entre los pliegues del pasado, el filósofo británico descubre que fue también Parménides la primera persona que dividió la Tierra en cinco zonas a partir de la temperatura de la misma, siendo de frío intenso en los polos, y con dos regiones templadas y próximas a ambos lados de una zona ecuatorial cálida.

De manera didáctica, Kingsley nos lleva de viaje acompañado por célebres focidios como lo fueron Eutímenes y Piteas, exploradores que navegaron por el Atlántico partiendo desde Massalia, la ciudad recién fundada. Eutímenes –en algún momento del siglo V a. C– atravesó el Estrecho de Gibraltar para navegar hacia el sur, bordeando la costa en dirección al África ecuatorial.

Por otro lado Piteas –ya en el siglo IV a. C– dejó atrás Escocia, llegando a las regiones escandinavas en las que el mar del Norte se junta con el Báltico y donde, para los griegos, tenía su origen el ámbar, sustancia divina que era hija del sol, y que científicamente es un resto fósil producido a partir de la resina de los árboles.

Por este detalle podemos afirmar que a Piteas, además de ser llevado por la curiosidad, afán común a todo explorador, lo que realmente le condujo fue encontrar nuevas rutas comerciales. Con ello, cartografió todo lo que encontraba en su periplo, llegando a señalar que Hispania era una península. Fue también el primero en describir la aurora boreal. Con todo, en la época de Cristo, el geógrafo Estrabón tacho de charlatán y de ficticio a Piteas, no siendo revalorizado hasta el siglo XVI, cuando Europa ya estaba abierta al Atlántico, y los datos geográficos recopilados por Piteas fueron útiles para los navegantes de la modernidad.

El libro de Kingsley es un viaje místico y científico a la par, un relato donde nos presenta a los focidios – traducidos como foceos por Paula Kuffer- como pioneros en la conquista de la lejanía. Según Kingsley, la ciencia viene a ser una frágil mitología del momento que se construye con preguntas y respuestas a partes iguales. Tras su lectura, nos sentimos obligados a creer que el ser humano es una realidad completándose a sí misma después de más de dos millones de años de evolución.

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