3 de marzo de 2022

La necesidad de la memoria en la “era del testigo”

Esther Bendahan
El Pais

Georges Perec, un escritor que experimentaba con cada obra nuevas fórmulas literarias, escribió un registro de recuerdos en su libro Me acuerdo. Al leerlo uno desea también emular una lista que habla de objetos, escenas, personajes de una época. Pero si conocemos la historia del autor podremos preguntarnos si no hay en realidad un ejercicio de no nombrar algunos recuerdos, porque en su caso y en su historia hay hechos dramáticos que debieron marcarle. Su padre falleció en combate unos años antes, pero su madre fue arrestada por la policía francesa cuando él tenía siete años, el 23 de enero de 1943 en París, para después ser deportada al campo de concentración de Auschwitz. Fueron asesinados tanto su madre como su hermana Soura y sus abuelos David Peretz y Aaron Schulevitz. En Perec esa voluntad de dejar en el aire de su memoria su historia, recordando lo festivo en una lista de 480 me acuerdo sin ninguna relación con su tragedia, indica tal vez una firme voluntad de decir al criminal: sigo adelante, situando lo que recuerda en un lugar secreto diferente al olvido, pero siempre presente. Muchos supervivientes señalan que vivir, ver a sus nietos, es su victoria contra Auschwitz.

Si el ejercicio del olvido personal permite continuar viviendo, el olvido ejercido por los países, en ocasiones impuesto, puede situarnos en el lado de la injusticia con las víctimas y regalar una última victoria a los perpetradores. Herederos de historias oficiales en los que pocas veces se colaban la disidencia o versiones del otro lado, la sociedad se ha visto sometida muchas veces por relatos organizados desde una voluntad puesta en condenar el futuro. Pero en el siglo pasado, más que nunca antes, frente a la tergiversación de hechos históricos, muchas víctimas decidieron ejercer su derecho a contar aunque eso supusiera tener que recordar lo que duele.

El pasado 28 de enero murió Mel Mermelstein, quien presentó un documento notarial que narraba su encierro en Auschwitz y en el que contaba cómo soldados nazis guiaron a su madre, sus dos hermanas y otros hacia la cámara de gas número 5. Lo presentó como prueba en contra de quienes aún se atrevían a negar estos hechos. Y marcó un hito.

La experiencia individual completa el margen, igual que la literatura desde la ficción. En España no hace tanto Violeta Friedman, con la ayuda de la organización Bene Berith, se enfrentó a León Degrelle en un juicio histórico. Ella nunca había hablado de su historia en un campo de concentración, pero cuando escuchó a Degrelle negando la verdad, decidió actuar. Por su parte Degrelle, colaborador y responsable de la muerte de muchos, no callaba, aleccionaba a jóvenes e incluso escribió al papa Juan Pablo II para avisarle, casi amenazante, de que era un error afligirse por Auschwitz. Cambiando la historia, podría salvarse él mismo. Quien tenga interés que busque la carta en internet, es un esforzado ejercicio de troquelaje. Violeta venció en los tribunales.

Los diarios personales y los testimonios clavan un aguijón a la Historia, especialmente la oficial. La sociología y la antropología cultural dedican estudios y análisis a este fenómeno. También el periodismo contribuye a delimitar y ampliar los datos. “Del uso pragmático del pasado concebido como hecho dado se pasó al pasado como objeto de conocimiento, que puede reconstruirse mediante huellas que, a través de procedimientos, pueden ser interpretadas y organizadas en una narración verdadera que incluye descripciones, explicaciones e interpretaciones” (patricia Cardona). Francesca Annette Wieviorka sostiene que el juicio a Adolf Eichmann en 1961 abrió un nuevo tiempo, la “era del testigo”.

Historiadores y testigos, por tanto, cumplen funciones que no pueden intercambiarse. Memoria e Historia están condenadas a necesitarse, a completarse, pero también a enfrentarse. Si la memoria ha permitido construir la paz, la Historia debe comprometerse con una verdad que permita construir hacia el futuro responsabilizándose de los escombros y de las heridas. Y porque “los libros son un simulacro de recuerdo, una prótesis para recordar, un intento desesperado por hacer un poco más perdurable lo que es irremediablemente finito”, como escribió Héctor Abad Faciolince. Leer testimonios y obras literarias nos irá salvando, pues el testigo necesita de quien escucha, que un lector complete la cadena. Acaba de publicarse In nomine de Auschwitz, una antología poética de Carlos Morales: leer esos poemas, convertirnos en cómplices lectores, nos permite continuar los trabajos de desescombro de nuestras historias recientes.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *