11 marzo 2022

John H. Elliott: el historiador que sabía oír

José Álvarez Junco
El Pais

John H. Elliott era el historiador más prestigioso y leído de los angloparlantes especializados en la cultura española. Una cultura que descubrió de joven, a través de la Historia, pero también a través del Museo del Prado, del que nunca dejó de estar enamorado.

La más difundida de sus obras fue, sin duda, su España imperial, una formidable visión de conjunto sobre la España de los siglos XVI a XVIII, que, pese al paso de los años, sigue siendo la más recomendable aún hoy para alguien que desee iniciarse en este tema.

A esta visión clásica añadió un segundo enfoque, de tipo comparativo, con la propia Gran Bretaña. La comparación es crucial para los historiadores, que no podemos hacer experimentación de laboratorio. Y él decidió hacerla con los imperios británico y español en América. No para discutir, por supuesto, los méritos atribuibles a ambos, sino para entender por qué se desarrollaron como se desarrollaron. Y explicó cómo los españoles se encontraron terrenos no muy fértiles, pero con gran riqueza minera, e imperios sedentarios y centralizados, e hicieron lo lógico: conquistar esos imperios y poner a su población a extraer metales de las minas. Los británicos encontraron tierras más ricas, con población escasa y nómada, que huía ante ellos, y se comportaron de manera no menos previsible: se repartieron aquellas tierras en lotes y se pusieron a trabajarlas. Nada que ver con maneras de ser ni con ideologías inspiradoras de la conquista.

Dentro de España, a Elliott le interesó especialmente la historia catalana, que trató desde su primer libro, La revuelta de los catalanes, hasta Escoceses y catalanes, otro ensayo comparativo, en plena crisis de 2017. Supo tratar el tema de manera nada belicosa ni ofensiva, sin la menor cesión, a la vez, hacia deformaciones históricas ni hacia mitologías que creía nocivas para la convivencia. Según concluía en este último libro, las circunstancias actuales no favorecían la creación de nuevos Estados-nación independientes, porque el futuro es de globalización y pérdida de poderes soberanos. Por eso le dolió tanto también el Brexit.

Elliott expresaba estas opiniones con claridad, pero sin contundencia, porque si algo le caracterizaba era la cautela, la renuncia a juicios tajantes o a predicciones firmes sobre el futuro.

Esa virtud formaba parte de su personalidad afable, atractiva y, sobre todo, liberal. Porque Elliott escuchaba, daba importancia a las opiniones ajenas. En un semestre en Oxford, asistí a uno de sus seminarios. Al principio, me sentí un poco decepcionado, porque quienes hablaban eran sobre todo los miembros del grupo, y yo había venido a oírle a él. Hasta que comprendí que esa era la clave: obligar a hablar a los participantes, escucharles con paciencia, para a continuación comentar lo que habían dicho —siempre en términos positivos—, sacando de sus palabras lo más valioso, lo más instructivo para todos. Me dio una lección que nunca había recibido. No dejé de ir a sus seminarios, de compartir debates con él, siempre que pude.

Ahora, se nos ha ido. Una vida fecunda, como pocas. Un hombre bueno, de los que nos hacen sentir orgullosos de esta especie, tan contradictoria, que es la humana.

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