16 marzo 2022

Los falsos mitos de las brujas españolas

Eva Saiz
El Pais

Entre Circe, la hechicera de la mitología griega que Homero recoge en La Odisea, escrita en el siglo VIII antes de Cristo, y el episodio de canibalismo por el que una mujer fue detenida en Sevilla en 2021 tras comerse los dedos de una compañera de piso se entretejen varios hilos con hebras en común: el pensamiento mágico y la fascinación por la brujería, por un lado, y siglos de misoginia larvada e impulsada desde el poder, ejercido por hombres. En ese dilatado interludio hubo una época especialmente oscura, la caza de brujas que tuvo lugar en Europa durante la Edad Moderna. Una sinrazón que, tres siglos después, se ha desplazado a países de África, Latinoamérica o el Sudeste asiático. De ese telar milenario y de las razones que provocaron esa persecución atroz se ocupa la catedrática de química inorgánica y ensayista Adela Muñoz Páez en su último libro: Brujas. La locura de Europa en la Edad Moderna (Debate).

Sus 414 páginas encierran aquelarres, conjuros, ejemplos de hostigamiento cruel, tortura, muerte y mucho miedo. Pero sobre todo contienen una aproximación razonada y exhaustivamente fundamentada de una realidad que acabó con la vida de 60.000 personas, la mayoría mujeres, entre los siglos XV y XVIII —y cuyas víctimas exceden esa cantidad en el siglo XXI en países como Tanzania―, fruto de un profuso y profundo estudio en el que Muñoz ha empleado nueve años. El libro destierra mitos, como que España fuera la cuna de esa caza de brujas, cuyo epicentro estuvo en realidad en Alemania, o que sus protagonistas fueran mujeres rebeldes y sabias a las que se castigó por transgredir el orden establecido. Pero también confirma la evidencia de que a lo largo de la historia se han ido sentando las bases para asociar lo maléfico a lo femenino y que las mujeres, principalmente las que vivían al margen de la sociedad, han sido chivo expiatorio de los temores de sus vecinos.

“Cuando empecé a trabajar en el libro buscaba esas mujeres fuertes, rebeldes… pero no las encontré. Era imposible porque en esa sociedad ocupaban un papel absolutamente subalterno. Las brujas no fueron rebeldes, ni fueron sabias, fueron víctimas”, explica Muñoz a EL PAÍS. “Hoy hay cierta reivindicación de las brujas, pero cuando se habla de ellas se asocian con alguien malo que tiene un poder conferido por un ser maligno. Podemos divagar sobre el origen de ese poder, pero siempre está asociado al miedo de los hombres por la atracción que podían ejercer sobre ellos, era una forma de conjurarlo”, abunda.

De cómo se ha ido construyendo esa narrativa a lo largo de las civilizaciones para atribuir a lo maléfico un gran componente femenino se encarga Muñoz en la primera parte del libro. Ahí ahonda en los escritos de los padres de la Iglesia y la literatura eclesiástica. “No pensé que me iba a detener tanto, pero la Iglesia tenía a las mentes más brillantes, las más instruidas y, en una sociedad eminentemente analfabeta, tenía todo el poder para modelar a la población”, explica. De hecho, fue Tomás de Aquino el primero que dio crédito a los crímenes de brujería.

Mayores y marginales
El perfil de la bruja es muy similar al que describió Fernando de Rojas en La Celestina. Mayor, de unos 50 o 60 años, soltera o viuda sin hijos. Un tipo de mujer mucho más desvalida en aquella época que la que estaba casada y que, para poder encontrar su encaje en una sociedad que le daba la espalda, tenía que buscarse la vida. A menudo hacía uso del conocimiento curativo o alucinógeno de las plantas, ayudaba en los partos, cuidaba de los hijos de las mujeres que acababan de dar a luz. “Mujeres como la Celestina no tenían otras herramientas que buscarse la vida con sus retortas, sus alambiques remendando virgos… Claro, estas tareas marginales se podían volver contra”, señala Muñoz.

Aunque la sociedad no disponía de un lugar donde ubicar a este tipo de mujeres, en un ambiente preñado de credulidad, realizaban una función muy útil porque consolaban a las malcasadas, daban esperanzas a los enamorados, a los militares que buscaban un talismán que les salvara la vida… Pero, como señala Muñoz, al estar abocadas a los trabajos menos prestigiosos también eran el blanco de las iras y frustraciones de sus vecinos. “En una época en la que la mortalidad infantil era del 25%, ante la desesperación de ver morir a tus hijos y no tener herramientas para entender por qué, era más fácil pensar que la responsable era la que estuvo en el parto, lo mismo en el caso de pérdidas de cosechas, las granizadas…”.

La búsqueda de mujeres sabias, fuera de lo común, es lo que movió en un primer momento a Muñoz a adentrarse en el mundo de las brujas. Esas pesquisas fueron infructuosas, precisamente porque el perfil que se asociaba con las hechiceras era el de mujeres marginales y analfabetas, que no pudieron dejar constancia escrita de sus vivencias. Esta caza particular de Muñoz ha sido mucho más complicada que la recopilación de científicas que recogió en su libro Sabias. La cara oculta de la ciencia (2017, Debate). “Fueron muy excepcionales, pero también contaron con el apoyo de hombres y por distintas circunstancias pudieron acceder a formación y dejar un legado propio. Las brujas, no”, zanja.

En esa labor de indagación sí se encontró con dos excepciones, dos mujeres cuyos testimonios sí han quedado consignados por escrito. Uno pertenece a la granadina Elena o Eleno de Céspedes. Su historia, singular, apasionante y extraordinaria, merece un espacio especial en el libro porque rompe con la construcción de que las mujeres eran inferiores a los hombres. Hija de una esclava negra, ejerció como médico y se casó con una mujer. Ella alegó en el juicio que era hermafrodita. “La labia, la capacidad de convicción, el bagaje intelectual y médico que debía tener para convencer a un tribunal de la Inquisición tuvo que ser impresionante”, remarca Muñoz. “Las denuncias por brujería resultaron muy útiles para excluir a las mujeres del ámbito del conocimiento”, advierte.

Escepticismo frente a superstición
Con todo, De Céspedes no fue ajusticiada. En España solo fueron asesinadas por brujería por la Inquisición entre 20 y 30 personas, la mayoría mujeres. Una cifra insignificante —si se exceptúan los procesos en Cataluña, que dependían de tribunales locales donde, al menos, se condenaron a muerte a 400― si se compara con las 25.000 que mataron en el triángulo formado por Alemania, Suiza, Luxemburgo y el sudeste francés. Y también, contrariamente a lo que la leyenda negra ha propagado, fue el Santo Oficio quien frenó su persecución.

El caso más paradigmático de la caza de brujas en España es el de las brujas de Zugarramurdi, donde fueron ajusticiadas seis personas, y este además fue el proceso que puso el punto final de su persecución por el Santo Oficio en España. “La Inquisición mantuvo una visión prudente y escéptica sobre este fenómeno. Se trataba de una institución que funcionaba de una manera muy legal, tenían también la figura de un abogado defensor y era efectiva porque tenía la autoridad del Papa, pero también la del Rey”, explica Muñoz.

Detrás de la exoneración de las brujas de Zugarramurdi está la figura del inquisidor Alonso de Salazar, apodado el abogado de las brujas, que opuso la razón frente al pensamiento mágico y supersticioso de la población y cuya historia también recoge Muñoz profusamente en el libro. Pero, como apunta la autora, el hecho de que la Inquisición fuera un tribunal centralizado fue también clave para contener la locura persecutoria en España, frente a Cataluña o a Alemania, donde eran tribunales locales, sin un control superior, los que impartían justicia.

La credulidad de muchos de los jueces y la excepcionalidad de este tipo de tribunales locales, que impedían a las acusadas de brujería defenderse por el hecho de ser mujeres o menores de edad, explican episodios de caza de brujas tan conocidos como el de Salem. Como se señala en el libro: “No hay un motivo para un fenómeno tan complejo, al igual que no hay un único episodio representativo de la persecución”.

El cambio del modelo productivo de la Edad Media, que pasa de una organización basada en campos comunales, donde las mujeres mayores y sin recursos podían encontrar sustentos, a la propiedad privada, que da lugar también a la avaricia entre los vecinos y acusaciones de brujería para hacerse con tierras; la tensión entre la Reforma y la Contrarreforma o la misoginia impulsada por la propia Iglesia son algunas de las causas que Muñoz aporta en la última parte del libro.

No hay episodios representativos, pero en todos ellos la mujer, como eslabón más débil de la cadena, aparece como chivo expiatorio. Desde las endemoniadas, a las que se solía aislar en conventos bajo la dirección de un confesor espiritual, hasta las alcahuetas. Si bien también se ajustició a hombres y la persecución alcanzó a la alta sociedad. “La caza de brujas es como un incendio, que cuando toma brío, arde todo. Las que se señalan primero son las mujeres marginales, pero luego en esa dinámica perversa en la que para liberarse hay que acusar a otros acaban arrasados hombres y mujeres de todas las clases sociales, incluso pueblos”, apunta Muñoz.

El fenómeno de las brujas ha sido plasmado de distintas formas a lo largo de la historia en el arte y la literatura a través de pintores como Goya o escritores como Shakespeare, Cervantes, Fernando de Rojas, Arthur Miller o Aldous Huxley, pero recientemente se ha desatado un boom de libros que muestran a estas mujeres como ejemplo de empoderamiento femenino. Pero el desconcierto ante el dolor y el sufrimiento; el miedo, si no el odio, a las personas diferentes; la venganza o la supresión de las cautelas legales antes supuestos considerados excepcionales fueron los factores que realmente desencadenaron esa caza de brujas y que en algunos casos siguen vigentes. Como apunta Muñoz en el libro: “Aunque hoy parecen inconcebibles los vuelos de las brujas, si hubiéramos vivido en los siglos XVI y XVII […] probablemente hubiéramos preferido estar en el bando de aquellos que quemaban a las brujas que en el de estas últimas”.

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