17 marzo 2022

Bob Marley en Londres: marihuana, ping pong y Miss Universo

El Mundo

La capital del Reino Unido recuerda el viaje de redención del músico jamaicano en los años 70

Ocho y media de la noche del 3 de diciembre de 1976. Dos automóviles descargan a siete hombres en Tuff Gong, el estudio desde el que Bob Marley y los Wailers revolucionan el panorama musical del momento y agitan una sociedad jamaicana en plena efervescencia. En el patio, Rita Marley, su esposa, se cruza con el grupo recién llegado. Sin mediar palabra, uno de ellos le dispara directamente en la cabeza cuando intenta escapar. La bala impacta en su cráneo, pero pasa a un par de centímetros de su cerebro. En la cocina, donde Bob y su banda preparan una ensalada de frutas, vuelan los otros 86 proyectiles que se dispararían aquella noche. Uno de ellos impacta en el brazo del cantante; el otro, disparado a bocajarro, le atraviesa el pecho.

Inexplicablemente, esa noche no murió nadie, pero nació una leyenda. Bob Marley, que ya era un ídolo nacional en Jamaica, pasó a convertirse en un icono del movimiento pacifista que terminó reescribiendo la historia de su propio país. Dos días después del tiroteo, con las heridas todavía a flor de piel, apareció junto a su banda en el festival Smile Jamaica con el que intentaba mediar en una sociedad polarizada políticamente. Un concierto que pasaría a la historia pero que le obligaría a exiliarse primero en Nassau, en las Bahamas, y más tarde en Londres, Inglaterra, donde Marley pasó 16 meses que marcaron su carrera y su vida.

Ahora, 46 años después, la capital británica se encuentra tomada por la figura del caribeño. En el West End, Arinzé Kene triunfa interpretando al cantante en el musical Get up, stand up!, mientras que la prestigiosa Galería Saatchi, en pleno corazón de Chelsea, apuesta para su reapertura tras la pandemia por una experiencia dedicada al One love de Bob Marley y a su icónico, y necesario Let’s get together and feel all right. Sin demasiado texto, rodeos ni teorías, la exposición empapa al visitante de la energía de la cultura reggae al tiempo que acerca algunas de las facetas más personales del músico, desde el ping-pong hasta la marihuana, a la que se dedica una sala entera.

Precisamente Chelsea fue el primer destino de Marley cuando llegó de las Bahamas. Exiliado, abatido y con la sensación de no haber sido capaz de mantenerse al margen de un conflicto político y social que podría haberle costado la vida, el jamaicano, que nunca fue hombre de una sola mujer, se mudó a Londres con Cindy Breakspeare, quien acababa de ser coronada Miss Universo.

«Estaba en Inglaterra cuando dispararon a Bob. Cuando los periódicos sacaron a la luz nuestra relación veías que titulares del tipo ‘La Miss Mundo y su salvaje’. Ese era el nivel. Pasamos las Navidades en Nassau, pero luego vinimos a Oakley Street, donde vivía todo el mundo por aquella época. Un sitio encantador», explica ella en Tanto que contar, una de las biografías de Marley más completas.

Allí, en el número 42 de Oakley Street, Bob Marley tiene una placa conmemorativa que es una rareza en Londres, pues sólo el 2% de ellas recuerdan a personas de raza negra. Pero allí, en 1977, se fraguó algo más importante: Robert Nesta, el hombre detrás de la leyenda, empezó a abrirse al mundo, a ir más allá de Jamaica.

Al amparo de una mujer blanca de clase media-alta que temía a los comunistas, y tras sufrir un intento de asesinato que muchos atribuyen al entorno del Partido Laborista Jamaicano, el JLP, Marley, según aseguran sus más íntimos, empezó a pensar menos en su país y más en cuestiones como el panafricanismo y el amor. La realidad jamaicana pasó a un segundo plano. Marley aceptó su condición de estrella de la música y la temática de sus canciones se suavizó. «Empezó a cantar cosas como Waiting in vain, Is this love? y Turn your lights low down. Canciones bonitas propias de un tortolito, que es lo que era en ese momento», asegura Gayle McGarrity, una de sus amigas íntimas.

Eso no significó que la calidad de su música decayera, sino todo lo contrario. Fue en esa época cuando, en jornadas de trabajo que empezaban a las 15:00 y terminaban a las 6:00 de la mañana siguiente, se fraguaron los discos Kaya y Exodus, y la canción One love, elegida como la mejor canción del milenio por la BBC. «Por aquel entonces siempre había material óptimo para fumar», recuerda, nostálgico, Karl Pitterson, quien trabajaba en esos años como técnico de sonido.

La huella de Bob Marley en Londres y de Londres en Bob Marley terminó siendo imborrable. Pese a que su primer concierto fue en un speakeasy de Oxford Circus, y a que también pasó por Candem Town, al norte de la ciudad, lo cierto es que su conexión más especial fue con el oeste y el suroeste, donde las comunidades caribeñas llevaban casi tres décadas luchando por su lugar dentro de la vieja capital del imperio. Fueron por tanto Notting Hill, Battersea y Fulham los paisajes que cambiaron su vida.

Acostumbrado a ser un ídolo allá donde fuera, el jamaicano pasó a ser un referente para los hijos de la generación Windrush, es decir, los caribeños que llegaron al Reino Unido en los 50 para reconstruir el país tras la Segunda Guerra Mundial con la promesa de una vida mejor. Para ellos, y en plena agitación racial del apartheid y el panafricanismo, el triunfo de alguien como Marley fue la señal de que había un futuro para los negros dentro de las sociedades blancas europeas.

De Londres salió Marley reforzado personal y musicalmente, y, encumbrado como músico. Cuando acabó su ciclo, volvió a Jamaica en 1978 y escenificó en un festival el fin del conflicto en su país. Para ello, y subido en el escenario, juntó las manos de los dos líderes políticos del momento, un símbolo de unidad que le permitió ser reconocido por las Naciones Unidas con la Medalla de la Paz del Tercer Mundo.

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