28 marzo 2022

¿Estamos preparados para ver memes de nuestra muerte?

Jordi Pérez Colomé
El Pais

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“No estoy preparado para empezar a ver contenido sobre cómo sobrevivir a un ataque nuclear”. Yo tampoco.

La frase es de Ryan Broderick, copresentador de un podcast llamado The Content Mines. La palabra clave en esa frase es precisamente “contenido”. “Contenido” no es solo información, documentales, vídeos, posts. Es todo lo que se produce en internet para ser consumido: desde un tuit a un vídeo de Youtube de tres horas, pasando por una foto en Tumblr o un Tiktok. Todo es contenido.

En el título pongo “memes” porque “contenido” es demasiado amplio. Pero en realidad me refiero a “contenido”. Con la invasión en Ucrania el fantasma remoto del uso de armas nucleares más pequeñas y dirigidas que Hiroshima se ha vuelto plausible. Esa terrible ventana de oportunidad ha provocado la llegada de contenido sobre cómo sobrevivir a un ataque nuclear. El objetivo del contenido es obviamente que le prestes atención.

No me veo después de dos años de pandemia (yo mismo escribí en marzo de 2020 sobre los “preppers” que almacenaban comida en casa, un contenido típicamente catastrofista) haciendo cálculos mentales sobre dónde debo llevar a mis hijos si sobrevuela los Pirineos una bomba nuclear. Quizá voy tarde: he oído un caso de familia que ha sacado pasaporte a sus hijos pequeños por si deben huir.

Pero aquí hablo de internet. El tema de esta newsletter hoy es cómo el contenido sobre mi muerte se va a colar en mi atención, aunque me resista. Y cómo eso es una novedad de nuestra era y no sabemos sus implicaciones o ni siquiera si tendrá. Es simplemente una característica más de internet.

El episodio donde Broderick dice esa frase va de algo que llaman “disonancia estructural”. Se lo han inventado dos periodistas, no tiene nada de serio, pero describe un fenómeno evidente. Así lo describe Broderick en una buena frase elaborada: “Es la extrañeza inherente de ver las costuras de la vida real a través de la estructura trivializadora de internet”. En Twitter tiene el nombre más habitual de “demolición del contexto” (context collapse):

En internet está todo en cajas o presentaciones indistintas. En la misma plataforma que uso para discutir con mi pareja (WhatsApp), veo memes del Barça Madrid, el Washington Post la usa para gestionar su equipo de reporteros en Ucrania y es probable que soldados tomen decisiones de vida o muerte en ella, todo bajo el mismo formato.

Yo mismo cuando uso WhatsApp y veo mis chats uno justo encima de otro y que gestiono con segundos de diferencia, pienso qué drama humano ligeramente tóxico provocarían si se vieran entre sí. O si alguien pudiera sacar la cabeza virtual y mirar qué dice el chat vecino.

En redes, mientras miro opiniones de Motomami o elXokas veo refugiados, sanciones y rublos por gas. Todo tiene el mismo fondo, la misma aspiración y está pensado para erizar mi curiosidad o emoción. Todo es un cúmulo, nada está compartimentado.

En The Content Mines defienden que esto no ha pasado igual en otras épocas. Por ejemplo, con la hambruna en Etiopía de los ochenta. Aquello estaba circunscrito a los telediarios, a los periódicos y allí se quedaba cuando terminaban y apagabas la tele. Uno seguía con su vida. Podemos imaginar qué ocurriría hoy en redes. De nuevo, no sé las consecuencias ni implicaciones de este cambio.

En 2019, el escritor estadounidense de ciencia ficción William Gibson explicó cómo había vivido el 11-S desde Vancouver (Canadá): “Estaba en mi oficina en el sótano, en una web de relojes a la que dedicaba mucho tiempo. Alguien escribió: ‘Avión impactó contra World Trade Center’. Fui a Google y no había nada. Fui a hacerme café y cuando volví: ‘Impacto de un segundo avión. No fue un accidente’”. Era una página sobre relojes. El contenido nos persigue. A continuación, el periodista cita un párrafo de la siguiente novela de Gibson donde un personaje dice:

“No tenemos futuro. No en el sentido de que nuestros abuelos tenían un futuro, o pensaban que lo tenían. Para nosotros, por supuesto, las cosas pueden cambiar tan abrupta, violenta, profundamente, que futuros como el de nuestros abuelos no tienen un “ahora” suficiente para sostenerse. No tenemos futuros porque nuestro presente es demasiado volátil. Sólo tenemos gestión de riesgos. El giro de los escenarios de un momento dado”.

Esa falta de pie en el “ahora” hace que cualquier cambio en el modo en que consumimos contenido o realidad tenga impacto. Esta semana Instagram ha anunciado un pequeño cambio: ha introducido el feed cronológico. Hace unos días Twitter pretendió suprimir ese feed y les salió mal. La diferencia entre el feed cronológico y algorítmico es el orden en que vemos los mensajes: en el cronológico aparecen por orden de publicación y en el algorítmico por orden del que más nos puede interesar, según unos criterios que solo sabe la plataforma.

Lo he dicho otras veces: el algorítmico es droga. Sabe lo que cada usuario quiere y se lo da, junto a un menú de lo más viral de la plataforma. Es como portadas de Interviú, El Caso, Marca, Vanity Fair y Pronto una tras otras hasta el infinito. Es difícil levantar la vista según el interés.

Ese tipo de feed es el que nos lleva una vez tras otra a una red: siempre hay algo interesante, sea un meme, un gol, una bomba, una tragedia, un post viral o una broma. Todo es contenido listo para ser ingerido. En ese feed, sin embargo, puedes ver noticias de Ucrania que pasaron hace dos días o tendencias terribles en Corea del Sur sobre covid que igual era mejor no ver hasta que lleguen más cerca. O cuando sean digeribles.

Con el feed cronológico ocurre algo más difícil de sentir hoy: es aburrido, hay fotos o tuits sosos. Las redes saben que entramos menos y, por tanto, vemos menos anuncios en el cronológico, por eso intentan que el algorítmico esté activado por defecto.

Para este mundo donde desactivar el cerebro es complicado, el cronológico es una pequeña salvación para cada usuario. Yo no la cumplo, de momento. Estoy en modo algorítmico, quizá por eso no estaba preparado para contenido sobre una guerra nuclear. Voy un poco saturado de viralidad loca.

Ese contenido se vuelve fácilmente absurdo o reemplazable porque no es fácil vivir con la soga al cuello siempre. Aunque ocurra. Por eso se viraliza una famosa congresista trumpista diciendo que el problema de una guerra “provocaría escasez de alimentos”. Al menos te ríes. Pero no deja de ser un contenido quizá innecesario. Prefiero no darle vueltas a qué haré si sobrevivo un apocalipsis.

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