1 abril 2022

Bruce Willis, la retirada del canallita que triunfó en Hollywood

Gregorio Belinchon
El Pais

Ahora que vuelve a abrirse el debate sobre la importancia de la filosofía en los planes de estudio españoles, no está de más recordar que para toda una generación, la que vio en el cine en 1988 La jungla de cristal, la vida se podía resumir en un “Yippee Ki Yay, mother fucker”, que por el imperio del doblaje en España sonaba a “Yipi ka yei, hijo de puta”. Dicha con fusil de asalto en mano, camiseta abanderado y bolsa deportiva en ristre con explosivos y bengalas, hay que ser muy buen actor como para que el público comprenda la ironía del momento, O al menos sudar carisma. Territorio Bruce Willis. Yipi ka yei significa venganza, nace de un perdedor ante su última oportunidad, dignifica a un vaquero de pega ante el rodeo postrero, verbaliza lo cool sin tampoco ahondar en más, lo parlotea un galán con imán para las mujeres pero que ha sido abandonado por su esposa. Registros en los que Willis arrasó con su media sonrisa de canallita, un tesoro que a finales de los ochenta hordas de chavales ensayaban, junto a ese yipi ka yei —sin ningún significante, aunque rebosante de significado—, ante el espejo. Filosofía de cine de barrio. Eso sí, Willis solo ha habido uno. En pasado, porque ayer, por culpa del avance de la afasia que sufre, su familia anunció su retirada.

En 2006, durante la promoción de Rocky Balboa, Sylvester Stallone contó a EL PAÍS que si la carrera de Willis había sido mejor que la suya en los noventa, “se debía exclusivamente a que su representante era más listo”. Y lo decía sin resquicio de duda, a sabiendas de que Willis tampoco ha sido un intérprete del método, aunque sin percatarse de que su compañero de negocios en la cadena Planet Hollywood sí era más dúctil y abierto ante guiones que requerían más que un puñetazo.

Willis nació para la causa canallita en la serie Luz de luna en 1985. A la televisión llegó con 30 años y baqueteado, después de trabajar en todo tipo de profesiones. Treinta años antes, en 1955, Walter Bruce Willis había nacido en Idar-Oberstein, donde su padre, militar, estaba destinado. Cuando su progenitor se licenció, llevó a toda su familia a su pueblo natal, Carneys Point, en Nueva Jersey, donde crecieron los hermanos Willis (Bruce es el mayor de cuatro). En el instituto se apuntó al club de interpretación con una única intención: eliminar su tartamudeo. Lo logró. También presidir el consejo estudiantil, gracias a la recién adquirida destreza retórica.

El futuro actor trabajó como transportista, detective privado, insistió en la interpretación, no le fue bien, fue camarero en Nueva York, extra en Veredicto final, suplente de Ed Harris en una producción teatral de Off-Broadway y acabó mudándose a Los Ángeles para ver si mejoraba algo su porvenir en el audiovisual. Y sí, lo logró derrotando a otros 3.000 aspirantes a encarnar al detective privado David Addison, junto a o contra (nunca estuvo claro) Cybill Shepherd en la serie Luz de luna. Solo se hicieron cinco temporadas, en las que el ambiente se enrareció según subía la popularidad de Willis (en su segundo año ya protagonizó Cita a ciegas, con Kim Basinger, y durante el tercero se estrenó Jungla de cristal y el actor se casó con Demi Moore) y Shepherd iba perdiendo los estribos en el día a día de las grabaciones.

Sin embargo, entre malas decisiones y su poca chispa interpretativa, los inicios de los noventa no le fueron bien, más allá de la segunda y tercera parte de Jungla de cristal. La hoguera de las vanidades, El gran Halcón, El último boy scout, La muerte os sienta tan bien, El color de la noche… Willis cantaba mejor que actuaba. Hasta que apareció Quentin Tarantino con el boxeador de Pulp Fiction, y el actor encontró una vía de escape, una posibilidad de participar en el cine indie o de autor: en esa categoría entran Ni un pelo de tonto, El último hombre, El quinto elemento o 12 monos. Otros dos años de malas decisiones le devolvieron al borde del abismo, y se salvó de la caída por una carambola (un rodaje que iba a protagonizar se canceló y en compensación le sumaron al reparto de Armageddon) y por una increíble sorpresa (El sexto sentido). Al final del siglo XX ganó un Emmy (el segundo tras otro por Luz de luna) por su aparición en Friends y protagonizó, de nuevo bajo las órdenes de M. Night Shyamalan, El protegido (Unbreakable), escrita para él: ninguna otra película posterior ha sido capaz de trasladar a la pantalla el universo de los cómics como esta historia de un guarda de seguridad que solo por la cabezonería de su hijo descubre que tiene superpoderes, que es irrompible… y que alguien en el universo, por tanto, sufre ese desequilibrio, portando un cuerpo de cristal.

El siglo XXI no le ha deparado alegrías creativas. Empezó con su divorcio con Demi Moore y el rechazo a Ocean’s Eleven para grabar un nuevo álbum. Nunca volvió a figurar en la lista de los mejores pagados de Hollywood, su amigo Stallone le calificó de avaricioso después de pedirle más dinero del acordado por aparecer en Los mercenarios 3 (había actuado en las dos anteriores). Probablemente, su mejor trabajo en dos décadas sea su aparición en el vídeo musical de Stylo, el primer single del álbum Plastic Beach (2010), de Gorillaz. Ni siquiera lució en su aparición en Moonrise Kingdom (2012), de Wes Anderson.

Aunque ha mantenido físico, carisma y presencia, en los últimos años entró en una espiral de fracasos teatrales (impresiona leer las críticas a su versión de Misery en Broadway en 2015) y numerosos filmes alimenticios, rodados muchos con un pinganillo en su oído para que le dictaran los diálogos. Había rumores desde los rodajes en los que participaba sobre sus problemas de memoria, que iban más allá de la mera desidia o pereza, como cuenta Los Angeles Times. Desde ayer se sabe que todo lo provocaba su afasia, enfermedad cerebral que afecta al habla, y a la capacidad de escribir o comprender el lenguaje oral y escrito. Casado de nuevo en 2009 con la modelo Emma Heming, el mensaje en redes sociales donde se anunciaba su retirada apareció en la cuenta de su hija Rumer en Instagram y lo firmaban su ex esposa Demi Moore (con la que ha mantenido buena relación, incluso acabaron pasando el confinamiento juntos por problemas de vuelo de Hemig), sus tres hijas de ese matrimonio, su actual esposa y las dos hijas de esta pareja. “Bruce deja la carrera que tanto ha significado para él”, cuentan. Y se entiende su locura posconfinamiento, que le ha llevado incluso hace unos días a poseer categoría propia en los premios Razzies, los anti-Oscar, bautizada como Peor interpretación de Bruce Willis en una película de 2021, con ocho finalistas. O que se haya asociado con el productor Randall Emmett. En un perfil sobre este personaje de las sombras de la industria en la publicación Vulture, se explica cómo Emmett hace películas como churros: de sus últimas 29 películas, Willis ha trabajado para Emmett en 20, saliendo de media diez minutos. Aún le quedan pendiente de estreno otra decena de filmes.

Al final a Willis solo le quedaba Willis, el público únicamente quería ver en pantalla al canallita. Camorrista, socarrón, irónico, hombre golpeado al que le duelen los músculos por los mandobles y las caídas… Contra esa imagen luchó y perdió, y a ella se encadenó en su descenso a los infiernos cinematográficos. Recién cumplidos sus 67 años, el siguiente Yipi ka yei será en casa.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *