17 de octubre de 2022

Ningún niño está predestinado a ser torpe: cómo animarles a practicar deporte

MIGUEL ÁNGEL GÓMEZ RUANO/LUIS MIGUEL RUIZ PÉREZ
EL PAÍS

Seguro que recuerdan la película dirigida por Blake Edwards El Guateque. Estaba protagonizada por Peter Sellers en el papel de un patoso aspirante a actor de origen hindú llamado Hundri V. Bakshi. Seguro que les viene a la mente las escenas cuando el personaje está en el servicio, intenta usar el papel higiénico y el rollo comienza a girar y soltar papel sin parar, con el agua saliéndose del inodoro… En definitiva, un desastre.

Todos tenemos en mente a alguien parecido a Hundri Bakski; es más, hasta podemos ser nosotros mismos. Probablemente, en sus clases de educación física había compañeros que no daban pie con bola, que siempre perdían el balón cuando lo intentaban botar o se sentían perdidos en los juegos y, lo que es peor, que terminaban asumiendo que aquello de moverse con coordinación no era lo suyo, y abandonaban. Es curioso como de estos asuntos se ha hablado muy poco.

En un libro reciente tituladoEjercicio, el biólogo evolutivo de Harvard Daniel Lieberman contaba una experiencia personal que se remonta a su paso por la escuela. Cuenta cómo hacer ejercicio eran momentos de humillación, de vergüenza, y de cómo se escondía en el armario del vestuario para no quedar a la vista de su profesor y que le pudiera sacar de ejemplo ante sus compañeros de la clase. Son muchos los que han podido vivir experiencias similares en casi todas las asignaturas. Es ese sector de la población que cree estar predestinado a ser incapaz, aunque desearía no serlo. Han aprendido a tener que asumir que las matemáticas, la lengua o la educación física son asunto de los que nacieron para ellas, y eso no hay quien lo cambie, y lo peor es que existen muchos profesores y padres y madres que también lo creen así. Nada más lejos de la realidad. Se hace necesario echar abajo ese mito. La evidencia indica que es posible y que solo hay que ponerse a ello.

Las razones por las cuales un alumno en una clase de educación física se mueve de forma poco coordinada, y su participación en los juegos y deportes es mínima porque sus compañeros no quieren que esté con ellos, son diversas. Por un lado, hay quienes consideran que hay algo en sus cerebros que no funciona correctamente, aunque no saben muy bien qué es. Para otros es una cuestión hereditaria, ya que sus padres o madres también fueron torpes en su infancia y adolescencia y lo siguen siendo, y como todo el mundo sabe, si el padre no se movía con coordinación, por qué lo tiene que hacer su hijo… Por último, existe un sector de los especialistas que considera que el asunto tiene un origen ambiental, de falta de práctica, ya que su entorno no estimula a moverse a los niños y su alfabetización motriz es muy baja; en definitiva, que poseen lo que un grupo de investigadores canadienses denomina un déficit de actividad.

Existen diferentes niveles de competencia motriz entre los escolares, entre los que están los que manifiestan una baja competencia motriz. Y entre ellos encontramos aquellos que pueden padecer lo que se denomina “problemas evolutivos de la coordinación motriz” (Developmental Coordination Disorder-DCD). Son escolares en los que la baja competencia motriz es más intensa y persistente, pero que mejoran cuando se atienden sus necesidades. Y el mayor número de escolares con baja competencia motriz son aquellos que lo son porque no han practicado o porque no han tenido un entorno que les haya invitado a moverse, y que cambian con mayor rapidez cuando se les ofrecen oportunidades y enseñanza apropiada para que mejoren. Los efectos de estos problemas son múltiples, ya que les impide estar en forma, viven un círculo vicioso en el que no ser capaces les impide participar en actividades físicas y deportivas, y el no participar en ellas les mantiene en una situación desfavorable para progresar.

Las evidencias han mostrado que este asunto es de carácter multifactorial. Un ambiente poco estimulante, junto a la existencia de posibles problemas neurológicos, problemas metabólicos o de la madre durante el embarazo (incompatibilidad sanguínea, ingesta de drogas o déficit vitamínico) podrían ser la causa de estas dificultades. En algunos casos se trataría de dificultades para representarse mentalmente los movimientos, lo que limita su planificación y organización y afecta a funciones ejecutivas como la memoria de trabajo, el procesamiento de información visoespacial, la capacidad inhibitoria o la flexibilidad cognitiva.

Todo esto nos indica que moverse con dificultad en la escuela no es estrictamente un asunto de músculos y tendones, sino que es más global, y afecta a toda la persona, porque moverse mal también es un problema para sus emociones y sus percepciones de competencia, limitándole en sus decisiones sobre practicar o no. Aunque le gustaría apuntarse a las clases de baloncesto extraescolar, ese estudiante no se lo pide a sus padres porque sabe que no será capaz de botar con fluidez el balón.

¿Qué hacer en estas situaciones? Lo primero de todo es tomar conciencia de que estos escolares también existen. A partir de esta toma de conciencia, se puede acometer una actuación coordinada en la que se evite que cualquier escolar pueda crecer siendo torpe, ya que los efectos colaterales que afectan a estos problemas motrices se asocian con dificultades en la relación social, de comportamiento, baja autoestima, una disminución de la práctica de actividades físicas y baja condición física. Estar en buena condición física favorece los resultados escolares, de ahí la importancia que tiene evitar que los niños se sientan incapaces y alienados en las clases de educación física, evitar que vivan el mundo de las actividades físicas y deportivas como una “una tortura”, como una humillación como la que supone ser siempre “elegido el último” o que toda su actividad en la clase sea como “sobrevivir al gimnasio”.

Ningún niño está predestinado a ser torpe toda la vida. Familias y profesores juegan un papel fundamental en la mejora de la competencia motriz, participando con ellos, siendo modelos de práctica. La baja competencia motriz no desaparece porque un escolar crezca, puede persistir hasta la edad adulta si no se le presta la suficiente atención.

Algunas ideas incluyen favorecer que el escolar tenga buenas clases de educación física tres o cuatro veces a la semana, que salgan a pasear por el parque o el bosque, montar en bicicleta por el campo, nadar, correr por un parque o en una pista de atletismo, jugar al baloncesto, fútbol o patinar. Somos seres que se mueven y que pueden llegar a disfrutar moviéndose en un mundo que incita a estar sentado y mirar una pantalla. Nuestros escolares y nosotros mismos somos inteligentes porque somos un cuerpo, y porque actuamos; hay que dejar de lado mitos y leyendas que dicen que hacen que se vean las actividades físicas y deportivas solo para los que nacieron para ellas. Todas las personas pueden desplegar su inteligencia corporal y desarrollarla. Es esa inteligencia que nos hace competentes en nuestro mundo la que necesita ejercitarse, porque ejercitarse provoca efectos muy beneficiosos: nuestro corazón bombeará sangre hasta el último reducto del organismo, los músculos se tonificarán, mejorará el descanso y el sueño, nuestro cerebro se sentirá feliz, nuestros hijos rendirán mejor en la escuela y nosotros subiremos a nuestro piso sin necesidad del ascensor.

Las evidencias de todo esto son abrumadoras, pero es necesario convencerse y defender que nuestros hijos tengan más horas de educación física y deporte en la escuela, y ser un ejemplo para ello. Siempre existe alguna actividad que se puede realizar; busquemos aquella actividad o deporte en el que se sientan competentes y plenamente realizados.

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