20 de octubre de 2022

“La soledad es tóxica, tener con quien hablar es un enorme paracaídas para la salud”

JAVIER SALAS
EL PAÍS

Hay un chiste que resume a la perfección buena parte de los problemas sociales actuales, según el neurocientífico Mariano Sigman (Buenos Aires, 49 años). Es ese en el que un conductor, con el neumático pinchado, decide acudir a una casa cercana a pedir un gato para cambiarla. Y se va imaginando que molestará a ese vecino, que será un maleducado, que no querrá ayudarle. Y al llegar allí, cuando el hombre abre la puerta amablemente, el conductor —que se ha ido enojando solo— le espeta: “Métete el gato donde te quepa”. “No conoces al otro y proyectas sobre él todo tipo de prejuicios, y si tus predisposiciones son tóxicas, lo vas a odiar. Muchas veces nos perdemos una oportunidad de hablar con el otro porque hemos caído en ese pozo del prejuicio; si no le das una oportunidad, nunca funciona la conversación”, explica Sigman, que acaba de publicar un gran tratado en defensa del diálogo desde las pruebas científicas: El poder de las palabras (Debate).

Sigman, que escapó a los tres años de Argentina con su familia tras el golpe militar, vivió su infancia y una parte de la adolescencia en Barcelona, y ahora reside en Madrid, donde se ha convertido en sujeto de sus propios experimentos. El último: aprender música y editar un disco cuando era “completamente inepto” para el ritmo y la armonía, a los 47 años, para probar que el cerebro es capaz de cambiar incluso a esa edad. En su libro, Sigman reivindica que las palabras, y cómo las usamos, pueden resolver problemas sociales y mejorar la vida de las personas. Pero solo en las condiciones correctas: “Los grupos de WhatsApp son un ejemplo de conversación fallida”.

Pregunta. Hay una metáfora que utiliza en el libro, que los humanos somos anfibios, porque vivimos en la realidad y en la ficción. ¿La conversación es sana porque nos saca de la ficción subjetiva que nos hemos creado?

Respuesta. La palabra correcta es la narrativa que uno se construye de las cosas. Vamos tú y yo a ver la misma película y cada uno tiene una historia distinta de lo que ha visto, que puede cambiar completamente de emociones: a ti te provocó mucha angustia y para mí fue una comedia. Y si luego nos juntamos a hablar de ella, ver tu perspectiva me nutre y me da puntos de vista que yo no tenía.

P. El libro reivindica el diálogo, pero el problema es que creemos que no funciona. El primer paso es convencer a la gente de que se siente a hablar, porque funciona.

R. De ninguna manera quiero abogar por el mensaje de “si quieres algo y lo deseas, lo vas a lograr”. Pero lo contrario sí es cierto. Si tú te convences de que algo es imposible, entonces de ninguna manera va a suceder. Una vez que te convences de que algo es posible, simplemente has abierto una puerta. Luego esa puerta tienes que trabajarla y hacer un montón de esfuerzo para que suceda. Y nosotros mismos nos censuramos todo el tiempo. Nos decimos que es imposible conversar con Juan o con Pedro o con Ana, porque no va a servir para nada. Y esto pasa en la conversación política. A mí me interesa justamente también contar que aquí hay mucha ciencia, porque uno se imagina que la ciencia justamente es como de telescopios y de microscopios, pero hay gente que solo hace ciencia en la frontera entre Israel y Palestina, donde su trabajo es juntar a dos personas que no se entienden y preguntarse ¿cuál es la mejor manera de que estas personas se encuentren? Y lo que se descubre es que no es tan difícil como parece. El punto de partida es generar una predisposición en la cual tú te sientas a conversar, sabiendo que la otra persona no es tonta, tampoco es fanática, que puede cambiar. Porque si tú tienes todas esas creencias, no hay ninguna manera de que la conversación funcione.

P. Ahí es donde aparece este personaje que han descubierto en sus experimentos, un mediador capaz de conseguir que incluso los adversarios se pongan de acuerdo.

El investigador Mariano Sigman.
El investigador Mariano Sigman. MOEH ATITAR

R. Esta figura del mediador, como un buen árbitro de fútbol, que junta a los dos capitanes y les dice: vamos a jugar, a disfrutar, porque esto es un juego y no es una guerra. Esto es muy claro y notorio en la conversación política, pero para mí es más trascendente aún en otras conversaciones mucho más comunes, donde no nos damos cuenta de que pasa lo mismo. Es la conversación entre un padre y un hijo, entre una madre y una hija, o incluso entre parejas, donde también hay muchas brechas. ¿Cuál es el problema de estas conversaciones? A veces hay perspectivas tan distintas que cuesta mucho entender, acomodarse a la realidad vista por el otro, como sucede con la brecha generacional. Es la mentalidad de un niño que cuando prueba algo que no le gusta, lo escupe enseguida. Nosotros de adultos con los sabores nos volvemos más abiertos, pero con la conversación nos volvemos al revés, mucho más cerrados con todo lo que nos interpela. Esta es la predisposición que hay que cambiar y la ciencia nos muestra que si la cambiamos, vamos a un mundo mucho mejor. Es una herramienta muy potente, no es rocket science [ingeniería aeroespacial]; es muy simple, pero es muy potente.

P. Pero no vale cualquier diálogo. Hay que generar unos espacios concretos en los que sí que funciona, y estamos todo el rato visibilizando los espacios en los que no funciona, como las redes.

R. La conversación cara a cara la sabemos hacer desde hace muchos siglos, es un oficio humano, como caminar. Pero luego aparecen oficios nuevos, como la conversación en los grupos de WhatsApp, que son un ejemplo de conversación fallida. Respondemos y decimos cosas que, si estuviésemos cara a cara, nadie diría. Pero eso es comprensible porque el WhatsApp lo usamos desde hace seis años o siete y hablar cara a cara lo hacemos hace siglos. Es un lugar donde habla mucha gente al mismo tiempo y donde nadie nos ha enseñado a conversar.

P. ¿Y cuáles son las condiciones en las que conversar sí funciona?

R. Número uno, hablar entre pocos. Es muy simple, pero no se puede hablar con 500 personas al mismo tiempo, no puedes resolver un problema de tu vida entre 850 personas. Tan simple como eso, tres o cuatro personas.

P. Se está cargando el asambleísmo.

R. Las asambleas son un espacio para censar la temperatura de un colectivo y están bien. Pero si tú quieres decidir algo en tu empresa, no dices: vale, perfecto, nos juntamos en el Wanda o en el Bernabéu 70.000 personas a tomar una decisión. No, no funciona. Una conversación es un sitio en el cual todo el mundo tiene derecho a hablar y todo el mundo tiene derecho a escuchar. Si somos 700 personas, es un espacio para monólogos.

P. Número uno, pocas personas, ¿número dos?

R. Una buena predisposición. Eso es clave. Entrar a disfrutar de lo que puedas aprender y entrar con ganas de sorprenderte. Entrar con curiosidad, con anhelo de descubrir. El contrario de eso es entrar a tratar de convencer, a tratar de rechazar y escupir y espetar cualquier cosa que sea distinta. Esa conversación no es útil, no lleva a ningún lado.

P. ¿Qué más?

R. Tenemos ciertos recursos que nos protegen de los pozos en los que caemos. Uno de ellos, muy valioso y muy sano, es el humor. Tiene una función en la comunicación humana y la ha tenido siempre, que es el poder transitar cosas difíciles: reírnos es una manera de poder pensar juntos sobre algo sin que se convierta en un drama. El humor es una herramienta, es un dispositivo que tenemos para tener una conversación sobre temas difíciles y que sea abierta. Otra herramienta es tomar las cosas en tercera persona. Si a ti te cuentan de una pareja que ha tenido un problema, te parece como algo común, hasta que te toca a ti, que te parece que se hubiese acabado el universo. Muchas veces, justamente para poder hablar bien de cosas que son muy difíciles, hay que tomar perspectiva.

P. En el libro Palacios para el pueblo (Capitán Swing) se alerta de la desaparición de lugares en los que la comunidad se reúne para confeccionar ese tejido social, ¿se están perdiendo esos espacios en los que surge la conversación?

R. Sí, es importantísimo esto. Los griegos descubrieron eso, que tenían que retirarse a un sitio donde había condiciones ideales, buena música, buena comida, buena bebida y buena gente. Y con eso la magia sucede inmediatamente. ¿Qué es lo contrario de eso? Twitter. Estos espacios de mezcla, como el colegio público, el café y la taberna, son críticos, y efectivamente puede ser que los estemos perdiendo. Y con ellos estaríamos perdiendo el valor de juntar a gente que tiene distintas perspectivas sobre las cosas y que pueden encontrarse en un lugar afable y no en un lugar de confrontación. Eso ha sido una enorme fábrica de progreso social y de progreso humano. Todo lo que hacemos lo hacemos para tener buenas conversaciones, está en la esencia de la condición humana.

P. Los humanos no solo somos animales sociales, sino animales conversacionales.

R. Sí, las redes sociales funcionan por eso. Tú has estado en un lugar, pero sientes que no has estado si no se lo puedes contar al resto del mundo. Y las cosas toman sentido y se vuelven reales, no en cuanto las has hecho, sino en cuanto puedes contarlo.

P. También habla de la importancia de las palabras: un estudio mostraba que cuando israelíes y palestinos se sientan a dialogar, no entendían lo mismo cuando hablan de “paz”.

R. Es un problema fundamental de la comunicación humana, que es lo que se llama de la granularidad de las palabras. Que a nosotros nos pasan una infinidad de cosas y tenemos poquísimas palabras para contarlas. Y muchas veces la gente no se pone de acuerdo porque las usamos mal. Cuando tú vas al médico y tienes un malestar, lo que estás buscando justamente es que te encuentre la palabra que corresponde a ese malestar. Pero muchas veces, el problema es que hay una dificultad comunicacional que hace que te den una palabra para lo que tienes que no es adecuada. O cuando piensas que lo que tienes es que estás enfadado y lo único que has hecho es que le has puesto una mala palabra a aquello que te pasaba y hace que tú no se lo puedas expresar y comunicar bien a los demás y que las cosas, a partir de ahí, empeoren notablemente.

P. Hannah Arendt escribió que la soledad alimenta los totalitarismos.

R. La soledad es no tener con quién hablar, no tener con quién hablar de buena manera. Me parece un ejercicio buenísimo pensar si tienes esa persona con la cual puedes hablar de cualquier cosa abiertamente. No suele ser la pareja, un padre, un hijo, porque justamente con todos esos vínculos tú tienes muchas expectativas y es muy difícil evitar el juicio. Suele ser un buen amigo, esa persona con la cual puedes hablar de cualquier cosa, que te va a escuchar, con la que puedes equivocarte, puedes decir las peores cosas del mundo, todos tus demonios, alguien con quien tienes derecho a hablar en cualquier término. Eso es como un enorme paracaídas para la salud. No es una conjetura, eso es ciencia. Hay mucha ciencia que muestra que cuando tienes esa persona, el devenir de toda tu salud mental y física es mucho mejor que si no la tienes. Hay un montón de factores de la salud muy conocidos: no fumar, una vida que no sea sedentaria, evitar estrés, tener buen sueño… Hemos entendido que uno puede cultivar una buena vida, pero todavía no es tan vox populi que tener un buen espacio de conversación es una herramienta fundamental para el cuidado de la salud, no solo de la buena vida. La soledad es tóxica.

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