18 de enero de 2023

Dormir no es de flojos: matarse de sueño es una injusticia social

NOELIA RAMÍREZ
EL PAÍS

En el primer capítulo de la serie Industry(HBO Max), Hari es un becario aspirante a un contrato fijo como asesor en la competitiva compañía de servicios financieros Pierpoint & Co en la City de Londres. Para conseguirlo, se alimentará de bebidas energéticas y pastillas de modafinilo (un neuroestimulante para mantenerse alerta) y así pasar las noches en la oficina, avanzando trabajo. Hari permanecerá en vela, concediéndose microsiestas cada pocas horas, controladas por su teléfono, encerrado en uno de los cubículos de los baños de la empresa. El aspirante dice que necesita “hacer horas nocturnas para causar buena impresión” porque viene de una universidad pública y el resto de los aspirantes, salidos en su mayoría de selectos centros a lo Eton, le hacen sentir que no merece ese puesto. A las pocas semanas de empezar sus prácticas, fallecerá en ese baño en el que apenas duerme. Sufrirá un colapso por privación de sueño y por el ataque de ansiedad que le provoca haberse equivocado de tipografía en una página de un informe que redactó para la empresa.

La historia de Hari es ficción, pero bebe de la realidad. Ahí están las camas que Elon Musk ha colocado en los cuarteles de Twitter después de que una de sus trabajadoras subiese una foto durmiendo en un saco de dormir junto a su escritorio y del ultimátum del magnate exigiendo a sus empleados “trabajar muchas horas a gran intensidad” con un “rendimiento excepcional”. O la sanción a la agencia de publicidad japonesa Dentsu, amonestada en 2017 por el suicidio de Matsuri Takahashi, una empleada de 24 años que entró en depresión por falta de sueño, agotamiento y exceso de trabajo. Sobrepasaba las 130 horas extra semanales cuando se lanzó al vacío desde su empresa el día de Navidad. Uno de sus últimos tuits fue: “Otra vez tengo que trabajar el fin de semana. Quiero morir”.

El último bastión por capitalizar

“El sueño es el único bastión que le quedaba al capitalismo para colonizar nuestras vidas e incorporar cada uno de sus momentos al tiempo continuo de producción, del consumo y de la comunicación”, advierte la filósofa Marina Garcés en Dormir para resistir, uno de los ensayos que conforman su último libro, Malas compañías (Galaxia Gutenberg, 2022). En el texto, Garcés alerta de la invasión de este malestar insomne de la era del siempre disponibles, siempre conectados y en el que la imposibilidad del sueño por los ritmos de producción “impide un mundo común” donde poder descansar y abandonarse. “La falta de sueño ha perdido peligrosidad y ha ganado rentabilidad”, cuenta la filósofa, siguiendo la estela de lo que escribió el crítico de arte y ensayista Jonathan Crary en 24/7 El capitalismo al asalto del sueño (Ariel, 2013): “El sueño plantea la idea de una necesidad humana y de una temporalidad que no pueden ser colonizadas y aprovechadas para alimentar el gran motor de la rentabilidad […] La asombrosa e inconcebible realidad es que no se le puede extraer valor”, apuntó. Casi una década después, el acto de dormir sigue sin capitalizarse ni da rédito en la sociedad de la eficiencia. Quizá por eso nos estamos matando de sueño.

Marina Garcés, en el acto inaugural de la Bienal del Pensamiento, en el CCCB de Barcelona el pasado octubre.
Marina Garcés, en el acto inaugural de la Bienal del Pensamiento, en el CCCB de Barcelona el pasado octubre. CARLES RIBAS

Mientras en Japón se ha vuelto a popularizar el vocablo karoshi para referirse a la muerte por exceso de trabajo, la epidemia de insomnio que asola a ese y otros países se ha convertido en cuestión de Estado. En España, la lacra de mal sueño llegó hasta el Congreso en noviembre a través de una Proposición No de Ley (PNL) para tratar de poner freno a unas cifras que hablan por sí solas: entre octubre de 2021 y septiembre de 2022 se vendieron 11,8 millones de cajas de somníferos en las farmacias, según la consultora Health Market Research (HMR). Son 800.000 cajas más que dos años atrás.

En un país en el que dos millones de personas trabajan de noche, más de cuatro millones tienen insomnio crónico y casi la mitad de la población asegura no dormir bien con regularidad, cuando la implantación del teletrabajo por la pandemia desincronizó todavía más a la sociedad y es imposible cuantificar la cantidad de horas nocturnas que, además, invierten autónomos y trabajadores de la gig economy (la economía de trabajos de corta duración), el derecho al sueño se ha convertido en una lucha que va más allá de la responsabilidad en el descanso individual y se erige como una batalla colectiva y social.

Población cansada, población manipulada

“No habrá igualdad si no hay igualdad por un sueño decente”, escribe el profesor de política en la London School of Economics Jonathan White en su ensayo Poor sleep (sueño pobre). Un texto en el que analiza la injusticia social y política que se cierne sobre una sociedad “que ha hecho del acto de estar de guardia, sin sincronizar y sin dormir una política generalizada” y en el que apuesta por afrontar mecanismos de justicia social a favor del descanso para resincronizar nuestros ritmos circadianos y reloj biológico.

“Una población cansada es más probable que acepte regímenes políticos que exigen menos de su participación”, apunta el ensayista sobre las consecuencias de una epidemia de fatiga crónica social. “La desincronización del sueño también reduce el tiempo libre en el que las personas pueden coordinarse políticamente. Desde las protestas hasta las reuniones participativas, la ciudadanía activa depende de la disponibilidad del tiempo libre que se comparte, y de aquellos que no están tan agotados como para buscar solo privacidad”, cuenta en el texto.

Para ejemplificarlo, se apoya en aquello que el psicoanálista y filósofo Erich Fromm apuntó en El miedo a la libertad (1941), cuando destacó que la formas autocráticas de política prosperan en las poblaciones que se caracterizan “por un estado de cansancio interior y resignación, incluso en los países democráticos”.

Por una justicia circadiana

Frente a las amenazas políticas sobre sociedades insomnes, White también carga contra la voluntad de encerrar el derecho al sueño en la trampa del autocuidado. Como cuando los expertos recomiendan guías personalizadas de “higiene del sueño” y nos prescriben irnos a dormir a las 10 de la noche, alejados de las pantallas, como supuesta receta milagrosa contra una epidemia estructural de una sociedad que se entregó sin oponer resistencia a la tiranía del rendimiento y se ha habituado a contestar correos pasada esa hora. “Tales respuestas tienden a privatizar el sueño y sus descontentos. Responsabilizar a los individuos por los problemas colectivos es una mala idea, pero especialmente en un área como el sueño, donde los sentimientos de responsabilidad personal generan una ansiedad adicional”, advierte el británico.

Todas esas tiritas son soluciones estériles e insuficientes frente a lo que White estipula como “justicia circadiana”. Un movimiento que apuesta por abordar las causas del sueño corto e irregular, pero también incidir en los derechos laborales. Una hoja de ruta que pasa por controlar la semana laboral, la duración de los turnos y respetar el derecho a desconectar que estipuló la Unión Europea y que se incumple flagrantemente en España.

Un adolescente duerme en un vagón de metro de Estados Unidos.
Un adolescente duerme en un vagón de metro de Estados Unidos. THOM LANG (GETTY IMAGES)

“En el espacio de apenas cien años, los seres humanos hemos abandonado nuestra necesidad biológica de tener un sueño adecuado, una necesidad que la evolución pasó 3.400.000 años perfeccionando para ponerla al servicio de las funciones vitales”, recuerda el científico inglés Mathew Walker en Por qué dormimos (Capitan Swing, 2020). En su investigación, al igual que Crary, apuesta por un cambio radical en nuestra apreciación personal, cultural, profesional y social del acto de dormir: “Esta epidemia silenciosa de pérdida de sueño es el reto de salud pública más importante al que nos enfrentamos en el siglo XXI en los países desarrollados. Si deseamos evitar el riesgo fatal de descuidar el sueño, la muerte prematura que acarrea y la deteriorada salud a la que nos conduce, debe producirse un cambio radical en la sociedad”, indica, y concluye con una llamada comunitaria a la acción: “Es hora de que reclamemos nuestro derecho a toda una noche de descanso, sin vergüenza y sin el estigma perjudicial de la pereza”.

Todo un reto mientras se legitima una cultura laboral que, como pasa con en la serie Industry, nos viene a decir: “No te quedes despierto toda la noche… pero necesitamos esto a las seis en punto de la mañana”.

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